Los murales de la capilla Herrera, en el Prado

05 de marzo de 2022

El Museo Nacional del Prado presenta “Annibale Carracci. Los frescos de la capilla Herrera”un conjunto de pintura mural de excepcional importancia y que puede considerarse el gran desconocido del catálogo de Annibale Carracci: los frescos que se conservan de la capilla de la familia de Juan Enríquez de Herrera en la iglesia de Santiago de los Españoles de Roma.

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La reciente restauración de los siete frescos conservados en el Prado y la colaboración del Museu Nacional d’Art de Catalunya y la Gallerie Nazionali di Arte Antica Palazzo Barberini de Roma han permitido el estudio, conocimiento y puesta en valor del conjunto.

En los primeros años del siglo XVII, Annibale Carracci (Bolonia, 1560 – Roma, 1609) se comprometió con Juan Enríquez de Herrera a pintar al fresco la capilla de su familia en la iglesia de Santiago de los Españoles de Roma. Carracci ideó todo el conjunto y llegó a ejecutar algunos frescos antes de que en 1605 sufriera una grave enfermedad que le apartó del proyecto, delegando la ejecución de las pinturas en Francesco Albani.
A pesar de que se trata del encargo más importante recibido por Carracci en el final de su carrera, estos frescos, que reproducen escenas de la vida de san Diego de Alcalá, franciscano andaluz fallecido en 1463, son prácticamente desconocidos en su conjunto para el gran público debido, entre otras circunstancias, a su dispersión.

El arranque de las pinturas de los muros de la capilla a causa del deterioro de la iglesia, provocó que, de los diecinueve fragmentos de pintura mural existentes, solo dieciséis llegaran a España (7 fragmentos se conservan en el Museo Nacional del Prado y 9 llegaron a la Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi desde donde fueron depositados en el MNAC), y los tres restantes se depositaran en la iglesia romana de Santa María de Montserrat, donde no han podido ser localizados. Allí se trasladó también el cuadro del altar, donde hoy continúa.

El conjunto del Museo Nacional del Prado está formado por siete frescos. Los primeros son los cuatro trapecios que decoraban la bóveda de la capilla y que narran asuntos relativos a la vida del santo protagonista: San Diego recibe limosna, la Refacción milagrosa, San Diego salva al muchacho dormido en el horno y San Diego recibe el hábito franciscano. Además, el Prado posee tres de los óvalos que se situaban en las pechinas: San Lorenzo, San Francisco y Santiago el Mayor. Estas obras se exponen por primera vez después de su reciente restauración.

En el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) de Barcelona se conservan —como depósito de la Reial Acadèmia de Belles Arts de Sant Jordi, donde ingresaron oficialmente el 9 de agosto de 1851— otras nueve pinturas murales, las dos que se situaban en el exterior por encima del acceso a la capilla, la Asunción de la Virgen y los Apóstoles alrededor del sepulcro vacío de la Virgen, y otras cuatro, arrancadas de las paredes laterales del interior, la Predicación de san Diego, la Curación de un joven ciego, la Aparición de san Diego en su sepulcro y el Milagro de las rosas. Además el museo de Barcelona cuenta con otras tres pinturas al fresco que representan al Padre Eterno, extraído del cierre semiesférico de la linterna, a san Pedro y a san Pablo, santos que flanqueaban el cuadro del altar en el muro testero de la capilla.

Este cuadro de altar, pintado al óleo sobre tabla, San Diego de Alcalá intercede por Diego Enríquez de Herrera, se encuentra hoy en la iglesia de Santa María de Montserrat de Roma.

La iglesia de Santiago de los Españoles fue desde mediados del siglo XVI hasta el siglo XVIII, cuando comenzó su decadencia, uno de los lugares de mayor importancia religiosa, simbólica y representativa de la monarquía española en Roma.

A comienzos del siglo XVII el banquero palentino Juan Enríquez de Herrera (h. 1539-1610) mandó construir en esa iglesia una capilla dedicada a san Diego de Alcalá, monje franciscano del siglo XV elevado a los altares en 1588 y a quien Herrera había rogado por la sanación de su hijo enfermo. La construcción de la capilla discurrió entre 1602 y 1606, momento en el que también se realizó su pintura al fresco. Esta le fue confiada a Annibale Carracci (1560-1609), quien venía de decorar con gran éxito la galería del palacio Farnese.
Carracci contó desde el inicio con la ayuda de uno de los pintores de su círculo, Francesco Albani (1578-1660), colaboración que se vio alterada a finales de 1604 o principios de 1605 por una grave enfermedad del maestro, que le impidió continuar su trabajo. A partir de entonces, fue Albani quien, bajo la supervisión de Carracci, se encargó de la dirección de la pintura.

En 1833, y como consecuencia del deterioro de la iglesia, se encomendó a Pellegrino Succi el arranque de los frescos. El escultor Antonio Solá dirigió toda la operación y, finalmente, en 1850, consiguió embarcar dieciséis pinturas en el puerto de Civitavecchia con dirección a Barcelona, donde permanecieron nueve de ellas, mientras que otras siete viajaron a Madrid. El cuadro del altar fue depositado en la iglesia de Montserrat de Roma, donde permanece. Desde entonces, es la primera vez que este conjunto se reúne.

La exposición propone al visitante una evocación de la visita a la capilla Herrera, actualmente destruida. En su exterior, por encima del arco de acceso, podían verse dos pinturas, precisamente las que se muestran en esta sala. En la siguiente ingresaríamos en el interior de la capilla y en ella se exhiben los frescos que podían contemplarse a la altura de los ojos. En las salas sucesivas se asciende progresivamente de nivel hasta la pintura de la linterna de la bóveda, presente en la última sala. Junto a las pinturas, se ofrece una selección de los dibujos preparatorios conocidos, en los que Annibale Carracci y Francesco Albani ensayaron las propuestas que plasmaron posteriormente en los frescos. También se incluyen las estampas abiertas por Simon Guillain que reproducen los tres fragmentos perdidos tras el arranque.

En esta sala se muestran, además, los dos frescos que se ubicaban en el exterior de la capilla. Previamente, Carracci había empezado la decoración del interior, que quedó interrumpida por razones que no resultan claras. Una vez concluidas estas dos escenas, regresó a los frescos del interior hasta su terminación. Se desconoce la razón de estos vaivenes, debidos quizás a las dificultades para desenvolverse en un recinto ocupado por andamios, o por la presencia de trabajadores de otros oficios que no dejaban sitio suficiente, además de ensuciar y humectar en exceso el reducido espacio interior.

Las pinturas al fresco se iniciaban habitualmente por la parte más alta, para evitar con ello que sucesivas intervenciones ensuciaran lo ya realizado. Es por ello por lo que, en el exterior de la capilla, Carracci y Albani comenzaron su trabajo por el fresco ubicado en el nivel superior, la Asunción de la Virgen, para continuar con los Apóstoles alrededor del sepulcro vacío de la Virgen.

Ocupado en la Asunción, Annibale sufrió una violenta enfermedad que le impidió continuar, razón por la cual el fresco de los apóstoles corrió a cargo de Albani, quien asumió a partir de ese momento la dirección del proyecto. Ambas pinturas son dos de las más bellas de todo el conjunto, y los Apóstoles alrededor del sepulcro es, además, la más colorista, quizás por su situación en el exterior de la capilla.

Los problemas atributivos que plantea este conjunto tienen dos causas. La primera es su delicado estado de conservación, que ha impedido un satisfactorio análisis formal. Además, la propia concepción del trabajo en el taller de Carracci dificulta la identificación de las distintas manos. Efectivamente, en la capilla Herrera, la inventio corresponde en exclusiva a Annibale, quien compartió la ejecución con pintores de su confianza. Rafael fue el modelo a seguir, tanto en los aspectos formales como en el hecho de que Carracci recurriese a los jóvenes más cualificados de su taller, destinados a satisfacer la creciente demanda de sus obras. Solo tenemos noticias de la decepción de uno de sus clientes, que fue, precisamente, Juan Enríquez de Herrera.
La capilla Herrera fue el trabajo más importante de la producción final de Annibale Carracci, quien, como consecuencia de la grave enfermedad que le sobrevino durante su realización, no volvió a emprender trabajos de esta entidad. Murió el 15 de julio de 1609, apenas tres años después de la finalización de estas pinturas.

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