La continuidad energética europea pasa por España

21 de abril de 2022

Durante años, sabía que mi opinión sobre las siete plantas españolas de descarga de gas licuado era acertada: habíamos construido demasiadas y a un coste excesivo que estábamos pagando los consumidores de gas. Como resultado, la capacidad de regasificación triplicaba las necesidades de nuestro país. Prácticamente, cada región costera había convencido al Gobierno de turno para que construyera una, lo que suponía una costosa barbaridad que nunca debería haberse permitido.

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Pero, mira por dónde, en apenas unas semanas y como consecuencia de la guerra en Ucrania, España ha pasado de ser un despilfarrador a un seguro salvador de la continuidad energética de Europa. Y yo he tenido que admitir que estaba equivocado.

También me he dado cuenta de que Alemania y la Unión Europea han suspendido año tras año la asignatura de “Estrategia de país 01”. Hace un par de semanas, el periódico alemán Handelsblatt aseguraba que España es el país europeo con más seguridad energética, lo que traducido al lenguaje común quiere decir que no sabemos a qué precio pagaremos el gas, pero que no nos quedaremos sin él. Alemania y otros países que dependen del gas ruso en un 50 ó 60 %, para su electricidad e industria, pueden quedarse sin gas y el poco o mucho que reciban lo van a pagar más caro que España.

 ¿Cómo puede haber tanta irresponsabilidad?

 Alemania ha ido quemando puentes sin asegurar la retaguardia. En veinte años, han parado los dos tercios de sus plantas nucleares y más de la mitad de sus plantas de carbón. Es verdad que instalan eólica y solar de forma espectacular, produciendo ya el 40 % de su electricidad con energías renovables y que sólo el 15 % proviene del gas, pero en los días y horas sin viento o sol solo pueden sustituir ese 40% con gas.

Menos mal que la nuclear y el carbón aún suministran casi el 40 % cuando hace 20 años producían más del 80 % de su electricidad. Un poco más y se quedan a oscuras, literalmente. Y ahí está el merecido suspenso. Los políticos alemanes—como tantos otros— han confundido los deseos con la realidad. Estaban seguros que el backup del carbón y la nuclear serían el sol, el viento, el hidrógeno verde, la pila gigante y una disminución del consumo. Casi todo esto será realidad con el tiempo, pero hoy por hoy el viento sopla según las condiciones meteorológicas, totalmente fuera del control humano; el sol se esconde durante las noches y los días nublados; la pila gigante es un desarrollo a medio plazo y la tecnología del hidrógeno está aún en pañales. Hay plantas piloto de hidrógeno que tendrán que multiplicar su capacidad por mil o miles para sustituir o relevar el gas natural. Y para añadir más tiempo y dinero a la solución, hoy no hay sistema de tubos para su transporte. Estamos a diez años, yendo a la velocidad de la Nasa después que Kennedy en su famoso “moon speech”, en 1961, se comprometiera a que en nueve años el hombre pisaría la luna.

Mientras se hacen realidad estas nuevas tecnologías, la alternativa a quedarnos a oscuras y a parar nuestras fábricas, con absurda e intolerable frecuencia, pasa por el gas. Opino que hemos llegado a este punto porque una buena parte de las mentes decisorias de estas decisiones no entienden aún que la electricidad que hace que nuestras luces de casa funcionen o que el AVE vaya a 300 km/h, se ha generado hace solo un microsegundo antes de llegar a la bombilla o al motor. Constantemente debemos ajustar la producción de electricidad a su consumo, sin ningún delay.

Los grandes números del gas son hasta fáciles de entender. La Unión Europea más Suiza, Noruega y Reino Unido consumen en conjunto 450 bcm de gas (un bcm equivale a un billón de metros cúbicos de gas). La UE produce 200 bcm e importa 175 bcm de Rusia y 20 bcm de Argelia por tubo. El resto, 55 bcm, llega por barco en forma licuada de países como Qatar, US, Argelia, Perú o Nigeria.

La Unión Europea —Francia y en particular la DG Energy—, se ha negado una y otra vez a que el tubo de gas del sur del vecino galo se uniera al tubo que acaba a unos 100 km de la frontera con el sistema francés que pasa por Cruzy; en total, unos 200 km. Una de las más prestigiosas consultoras advirtió que el tubo no sería necesario porque no habría suficiente consumo en España. Las circunstancias cambian brutalmente la realidad. De ignorar en 2018 las demandas de la península Ibérica en cuanto a la merecida conexión de gas a lo que hoy se piensa hay una eternidad. Ahora todo son prisas por poner en marcha el tubo que, justamente hace cuatro años, Bruselas y los franceses dijeron que no era necesario.

España tiene la posibilidad de recibir unos 65-70 bcm en sus plantas regasificadoras. Gastamos 35 bcm de los que 15 vienen de Argelia por tubo, 3 por tubo de Francia y el resto, 17 bcm, por barco.

El exceso de capacidad de regasificación suma 50 bcm. Ahora podemos exportar 8 por los tubos del país vasco. Con la capacidad de MidCat en 9 sumaríamos 17 bcm, que solo llega al 10 % de la importación desde Rusia. Si Europa (dígase Alemania) construye un MidCat mayor, podemos colaborar más.

En cualquier caso, Bruselas debe darse prisa si no quieren que Alemania se quede a oscuras. Ciertamente, España no va a solucionar el problema pero puede ayudar mucho. Y espero y deseo que esta vez no nos hagan pagar el tubo que utilizarán ellos.

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