Consecuencias de la inflación para la economía de los hogares.

27 de septiembre de 2022

El premio Nobel de Economía Milton Friedman ya lo explicó de forma memorable: “La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario en tanto que solo se produce porque la cantidad de dinero aumenta más rápido que la producción”.

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Las medidas impuestas para combatir la epidemia de coronavirus por los gobiernos interrumpieron durante meses la actividad productiva en el mundo. Durante aquel tiempo se consumieron reservas e inventarios y el mundo dio los primeros pasos hacia la escasez de productos de consumo, bienes intermedios y materias primas que se desencadenó en cuanto se empezaron a levantar las restricciones al consumo y a la producción. Con el fin de compensar la falta de ingresos a los damnificados, paradójicamente, los gobiernos impusieron el freno a la producción a la vez que aprobaban programas de emergencia enviando cheques de dinero a los trabajadores confinados en sus hogares, concediendo créditos en condiciones favorables a empresas, o aprobando subsidios temporales de desempleo a las plantillas de las empresas obligadas a detener su actividad. Parafraseando a Friedman, se multiplicó la cantidad de dinero disponible para todos al mismo tiempo que se detuvo en seco la producción. Demasiado dinero transferido a bolsillos y cuentas corrientes en un momento en que se producía a medio gas o nada en absoluto. Aquello disparó la demanda de las mercancías disponibles y provocó la subida del precio de cualquier cosa que se vendiese. Y por eso llevamos ya más de un año (desde luego, mucho antes de la invasión de Ucrania por Rusia) pagando más por todo.

Los consumidores no pueden hacer más que aceptar que aún durante bastante tiempo tendrán que gastar más dinero para seguir comprando lo mismo que hace dos años. Poco a poco nos iremos acostumbrando a ver como normales los precios inflados y se acabará la sensación actual de que esto es algo extraordinario. Por supuesto, el último precio de todos en subir será el de esa mercancía llamada trabajo, o sea, los salarios. Si regalar dinero a diestro y siniestro fue la causa de lo que estamos sufriendo, seguir regalándolo (sin que la producción crezca proporcionalmente, no lo olvidemos) solo empeorará las cosas. Sin embargo, es eso mismo lo que la vicepresidenta segunda del gobierno y ministra de Trabajo ha planteado al proponer subir el SMI por decreto para poner en el bolsillo de los trabajadores más dinero con el que paliar el aumento de precios provocado por la inflación.

Las familias con ingresos bajos que no puedan fácilmente aumentar el presupuesto que dedican a consumo de primera necesidad (alimentos, suministros, etc.) tendrán que reducir el importe de la cesta de la compra optando por productos más baratos que sustituyan a los que solían comprar habitualmente, buscar ofertas o paquetes más sencillos de televisión o de luz y gas, esperar a las rebajas para comprar regalos, etc.

La vacuna de la inflación en la eurozona siempre ha estado en poder de la misma institución que ha provocado la enfermedad: el Banco Central Europeo. Pero no es probable que la cura se administre pronto ni en dosis suficiente como para devolver la salud a las maltrechas economías de los estados miembros. Drenar de golpe o demasiado deprisa todo el exceso de crédito y liquidez que se inyectó en el sistema puede condenar a sectores enteros a la quiebra y enviar legiones de trabajadores al desempleo. Ningún gobierno sería capaz de resistirlo y las protestas ciudadanas serían inmediatas.

El BCE ha elegido, por tanto, aplicar el correctivo en pequeñas dosis, subiendo ligera y paulatinamente los tipos de interés para desincentivar que las empresas continúen endeudándose con la misma alegría que antaño y, al mismo tiempo, para que resulte más atractivo saldar las deudas existentes por completo en lugar de renovarlas con un precio del dinero más alto.

Aquellas empresas y sectores muy endeudados lo pasarán mal. Habrá quiebras, reducciones de plantilla y cancelación de contratos. Solo sobrevivirán los más fuertes, que renegociarán su financiación. Los demás echarán el cierre y enviarán a sus trabajadores al paro. Y esto es lo peor que puede pasarles a las familias, a saber: que, a las puertas de una recesión, quienes traían el dinero a casa se queden sin empleo.

 

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