Repunte abrupto de la deuda pública

17 de febrero de 2021

La COVID-19 está provocando un incremento abrupto de la deuda pública. Con todo, la reducción sostenida de los tipos de interés y el alargamiento de los vencimientos dan cobertura a las economías europeas y alivian la carga financiera, afirma Adria Morron de CaixaBank Research 

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En 2021, las necesidades de financiación de las Administraciones públicas cuentan con el apoyo de los fondos europeos y la política acomodaticia del BCE. La COVID-19 está provocando un incremento abrupto de la deuda. Desde el estallido de la pandemia, las ratios de deuda pública han aumentado de forma súbita y pronunciada y alcanzarán niveles prácticamente nunca vistos (los precedentes históricos se encuentran estrechamente vinculados a grandes guerras). Por ejemplo, en Italia y España se prevé un salto de +25 p. p. de PIB en tan solo un año, cuando, tras la crisis financiera de 2007-2008, se tardaron cinco y tres años, respectivamente, en acumular un incremento parecido (y eso que se partía de un mayor margen de maniobra fiscal).

El incremento de la deuda pública es una reacción necesaria y eficaz para suavizar el daño de una caída sin precedentes en los ingresos de familias y empresas: endeudarse consiste en trocear esta caída excepcional en partes más pequeñas y distribuirlas a lo largo del tiempo. Con todo, en muchos casos se parte de niveles de deuda pública ya elevados. La sostenibilidad no está en entredicho, pero ha generado inquietud y, además, a medio plazo preocupa que una mochila de deuda más pesada lastre el desempeño económico.

Una condición básica para gestionar el incremento abrupto de la deuda pública, y sentar las bases para irla reduciendo en el futuro, es que las economías se recuperen con crecimientos sostenidos. Para ello es clave que la crisis no se enquiste (por ejemplo, por una política económica demasiado tímida o una retirada prematura del estímulo) y que se aprovechen las oportunidades para dinamizar el crecimiento de fondo (por ejemplo, mejorando la capacidad de adaptación a las nuevas tecnologías y a las transformaciones energéticas y medioambientales). Además, al valorar las consecuencias del aumento de la deuda, no solo hay que tener en cuenta el nivel al que se va a situar, si no que a corto plazo también es muy relevante la carga financiera que ello conlleva (los flujos de pagos de la deuda respecto a los flujos de ingresos). En un entorno de bajos tipos de interés y una deuda financiada a vencimientos largos, la carga financiera debería ser llevadera. Y, de hecho, en la eurozona se dan condiciones para que así sea. 

En concreto, la reducción sostenida de los tipos de interés a lo largo de las últimas dos décadas (véase el primer gráfico) y el alargamiento de los vencimientos de la deuda (segundo gráfico) están dando cobertura a las economías europeas y alivian la carga de su deuda en términos de flujos de pagos. En otras palabras, como muestra el tercer gráfico, la carga de la deuda (definida, formalmente, como los pagos de intereses y del principal que vence como porcentaje del PIB) se ha tensionado mucho menos de lo que podrían sugerir los incrementos abruptos en las ratios de deuda sobre PIB.
 

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