EMPRESA E IGUALDAD DE OPORTUNIDADES

España en la media 

23 de septiembre de 2021

De acuerdo con el informe ´Empresa, igualdad de oportunidades y progreso social´, el cual incluye el Indicador IEE de Igualdad de Oportunidades, presentado esta mañana virtualmente,  España ocupa la posición 12 de las 30 economías analizadas, con 101,7 puntos, y por tanto por encima del promedio de la UE y la OCDE, mostrando, por tanto, un buen comportamiento en cuanto a movilidad social e igualdad de oportunidades al compararlo en un contexto internacional. 

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Son los países nórdicos los que lideran el ranking, encabezado por Dinamarca, y seguido por Noruega, Finlandia y Suecia. Paradójicamente, países como Estados Unidos, tradicionalmente considerados como tierra de oportunidades, presentan, con 87,5 puntos, unos resultados sensiblemente inferiores a los de nuestro país. Y lo mismo se produce para el caso de Alemania, con 85,5 puntos; de Francia, con 84,4 puntos; o de Italia, con 79,8 puntos, entre las economías más relevantes de la Unión Europea.

En general, España presenta una posición relativa destacable, en ocasiones incluso entre las primeras plazas del ranking, en el primer grupo de indicadores, los que tratan de aproximar, de diferentes modos, la movilidad intergeneracional acontecida en el pasado. Mientras que, por el contrario, nuestro país muestra un peor comportamiento relativo en los indicadores que tratan de medir los factores que propician a futuro un mayor grado de igualdad de oportunidades, como el Índice de Movilidad Social del World Economic Forum, y esto es debido en su mayor parte al deficiente funcionamiento en dos ámbitos concretos: el mercado laboral y el sistema educativo.
El presidente del IEE, durante su intervención, señaló que el verdadero progreso social es la consecución de un incremento generalizado del nivel de vida y de una reducción de la pobreza al mínimo posible. Para lograrlo, una sociedad debe aspirar a configurar un clima y una estructura de incentivos que sea adecuada para generar riqueza, empleo y prosperidad. Cuando se trata de progreso social, el crecimiento económico y la igualdad de oportunidades van de la mano y se retroalimentan: un mayor crecimiento económico supone mejores oportunidades, y mejores oportunidades redundan en un mayor crecimiento económico. 

La igualdad de oportunidades y la movilidad social configuran los incentivos adecuados para el desarrollo del talento, ya que promueve el trabajo, el esfuerzo, el ingenio y la innovación, en tanto que el individuo percibe que, a través de sus méritos, puede mantener o mejorar su nivel socioeconómico. Cuando sucede lo contrario, es decir, cuando existe la percepción de que el esfuerzo o el talento no son adecuadamente reconocidos, esta situación puede llevar a los individuos a un desánimo que conducirá a un mayor grado de descontento social, y a la pérdida y el desaprovechamiento de talento y capital humano. 

La igualdad de oportunidades es una cuestión de equidad y cohesión social, pero, también es una cuestión de eficiencia económica. La búsqueda de la libertad y de la igualdad de oportunidades favorece la eficiencia económica y la equidad, y es compatible con la defensa del derecho de propiedad privada y el derecho a la libertad de empresa, instituciones básicas sobre las que se asientan las sociedades modernas y avanzadas y que son las permiten, precisamente, unos elevados niveles de prosperidad y bienestar. 
La empresa es determinante en la consecución de una mayor libertad e igualdad de oportunidades, y, por tanto, del progreso social. Una mayor actividad empresarial redundará en mayores oportunidades de empleo, tanto en cantidad como en calidad, en la medida en que la empresa es el principal generador de empleo en una sociedad, lo que permitirá a aquellos individuos que sean empleados mejorar sus condiciones socioeconómicas y perseguir sus proyectos vitales. 

El fomento de la iniciativa empresarial incrementa las oportunidades para que un individuo, sea cual sea su origen, pueda mejorar su nivel socioeconómico, mediante el emprendimiento o el autoempleo, a través del esfuerzo por llevar a cabo buenas ideas y modelos de negocio que satisfagan las necesidades de los consumidores. A su vez, este esfuerzo por innovar, junto con la acumulación de capital y la asunción de riesgos, permiten que haya cada vez un mejor acceso y una mayor disponibilidad de bienes y servicios de más calidad, lo que también supone un incremento generalizado de la calidad de vida de la población y del bienestar social. La actividad empresarial es crucial, tanto para la generación de riqueza, prosperidad y empleo para una sociedad, como para canalizar y materializar la igualdad de oportunidades. Los estudios muestran como el dinamismo y la iniciativa empresarial se encuentran asociados a unos mayores niveles de movilidad social. De igual modo, la posibilidad de crear una nueva empresa o negocio aumenta la probabilidad de un individuo o una familia de subir en la escala socioeconómica, especialmente para los individuos de rentas medias y bajas. 

Mientras que, de manera opuesta, la igualdad de resultados en la práctica contraria a la mejora de eficiencia económica y a la equidad real, en tanto que bloquea los incentivos al crecimiento y antepone una visión igualitarista frente al mérito, el talento y el esfuerzo. Y es también incompatible con las instituciones básicas de propiedad privada y libertad de empresa, en tanto que la intervención que precisa para su cumplimiento tiende a cuestionar y entorpecer el adecuado funcionamiento de dichos pilares. De este modo, se da la paradoja de que, en este intento de corregir la desigualdad, al provocar la pérdida de los incentivos que guían el proceso de generación de riqueza y de empleo, se termina transformando un problema relativo, la desigualdad, por otro absoluto e incuestionablemente peor, la pobreza. Para favorecer la verdadera equidad, que es la resultante del juego del progreso y la movilidad social en su caso, es mucho mejor priorizar las políticas redistributivas ex ante, es decir, por la búsqueda de la igualdad de oportunidades, ya que tienen efectos sobre el crecimiento positivos.

Desde la perspectiva de consolidar un mejor sistema de igualdad de oportunidades en España como palanca de progreso económico y social, se deben actuar en los grandes elementos en los que España sale ineludiblemente mal parada en las comparaciones internacionales: el mercado de trabajo y el sistema educativo. A este respecto el desempleo es el principal determinante de desigualdad en España, explicando los cambios en el desempleo más del 80% de las variaciones en la desigualdad. Por ello, nadie puede cuestionar que se pueda decir que la política social más prioritaria sea la creación de empleo. De hecho, es la propia reducción del alto desempleo existente la que, además de reducir la desigualdad y mejorar la movilidad social, permitirá, junto con las mejoras de productividad, alzas salariales sostenibles.

Por otra parte, es esencial aumentar la calidad de nuestro sistema educativo para mejorar la igualdad de oportunidades. No basta con facilitar el acceso a la educación, sino que esta debe ser competitiva y de calidad. Se debe fomentar la colaboración entre el sistema educativo y la empresa, con el fin de adaptar la formación a las necesidades del mercado laboral, facilitando esa transición de los jóvenes entre educación y empleo. Además, el sistema educativo ha de promover la innovación, el emprendimiento y el uso de las nuevas tecnologías, la formación continua del profesorado, la gobernanza y la rendición de cuentas, y la evaluación eficaz para la mejora del sistema.

Y por último no se puede dejar de mencionar la relevancia que tiene, en general, la calidad de las instituciones para lograr la igualdad de oportunidades. Las instituciones de calidad generan una estructura de incentivos adecuados para el progreso, y favorecen el desarrollo de las capacidades y el capital humano, ya que contribuyen a fomentar una correspondencia entre el esfuerzo realizado y la recompensa recibida. A su vez, un marco institucional de calidad fomenta la certidumbre y la confianza, variables clave para favorecer la actividad económica y la atracción de capital, lo que a su vez se traduce en un mayor volumen de inversión y una mayor iniciativa empresarial. 

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