Aumento de la inflación de la OCDE

14 de septiembre de 2021

En las últimas semanas hemos podido ver en los medios de comunicación el aumento de los precios de manera generalizada en todos los países del mundo desarrollado. Esto se ha visto reflejado de manera muy notoria en algunos de los bienes básicos –imprescindibles para nuestra vida diaria– como puede ser el precio de la luz. 

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La inflación interanual en España en julio ascendió al 2,9 %, netamente por encima del 2,2 % de la zona euro, pero se quedó muy por debajo del 4,4 % del conjunto de la OCDE, donde eso supuso un incremento de dos décimas respecto al mes de junio. También se quedó muy por debajo de la de Estados Unidos, una de las más elevadas con un 5,4 %. En el conjunto de la OCDE, la inflación subyacente fue del 3,1 %, y del 0,7 % en la zona euro.
 
Lo primero que se nos viene a nuestro pensamiento es cómo puede ocurrir eso, si de una manera intuitiva podríamos pensar que estábamos en un momento del ciclo económico donde el aumento en los precios no sería un problema. La respuesta es que a partir de una economía que ha sufrido un shock tan grande, el crecimiento posterior –aunque fuera pequeño– supone una aceleración de la demanda, que no siempre va unido de una oferta en la misma cantidad y tiempo.
 
Podíamos empezar por el efecto que ha tenido las materias primas. La caída de los precios durante la primavera de 2020 ha impulsado a la inflación este verano, sobre todo debido al aumento del precio de estas. El petróleo ha sufrido un incremento de precios inesperados, y la razón no es otra que, después de que los productores acomodaran su producción a la demanda en pandemia, la reactivación no se puede hacer de una manera tan rápida como lo piden los mercados en este momento. Podríamos poner otros ejemplos como el gas (que tanto influye en el precio de la electricidad), el cobre, acero, zinc, aluminio, paladio… Las economías más productoras del mundo, como es el caso de China, han tenido una demanda tan súbita, que han llevado a un aumento de sus precios.
 
Otro factor a tener en cuenta es la falta de algunos componentes intermedios imprescindibles para poder fabricar los bienes finales. Es el caso de los microchips, que ha llevado al parón de algunas factorías del sector del automóvil y otras actividades que lo utilizan, con el consiguiente aumento de los precios. El problema es que el suministro de microchips y la capacidad de transporte se ajustan con relativa lentitud: la ampliación de la capacidad requiere inversiones en fábricas y barcos. Las compañías afirman que esperan que los plazos de entrega sean más largos, no más cortos, dentro de seis meses.
 
Aunque en menor medida, pero también desde el lado de la oferta, el mercado laboral no ha ayudado a la moderación de los precios. Sobre todo, en el sector de los servicios se ha producido una demanda súbita de mano de obra, que no siempre ha estado disponible o que ha pedido un aumento en el salario debido a las condiciones laborales por la pandemia. En este sentido, también ha podido ayudar las ayudas que han recibido los trabajadores y que han llevado a quitarles el incentivo a emplearse si la remuneración no era muy superior a su subsidio.
 
A todos los factores anteriores, habría que añadirle el efecto que ha tenido la demanda después del confinamiento durante la pandemia. En este periodo se llevó a unos records en el ahorro de las familias, por razones obvias de que no podían gastar, aunque en muchos de los casos los ingresos se mantuvieron iguales o incluso aumentaron. En Estados Unidos, la porción resultante del exceso de ahorro asciende a unos 2,5 billones de dólares, es decir, el 12% del PIB. El equivalente en la eurozona era del 4,5% del PIB a finales de 2020. Cuando se pudo hacer una vida un poco más normal, la población decidió gastar el dinero en aquellos bienes que no habían podido disfrutar anteriormente, como coches, electrónica y moda, pero sobre todo en el ocio. Es aquí donde se ha dado quizás las mayores restricciones en la oferta, lo que ha llevado al aumento de los precios.
 
Evidentemente un aumento sostenido de la inflación no es una buena noticia. Las encuestas sobre la satisfacción de vida realizadas en las décadas de 1970 y 1980 pusieron de manifiesto que un aumento de un punto porcentual en la inflación reducía la felicidad media tanto como un aumento de 0,6 puntos porcentuales en la tasa de desempleo. La pregunta sería si estamos realmente en esa situación. De acuerdo a los mensajes de los bancos centrales –FED y Banco Central Europeo–, no sería el caso, ya que las expectativas de inflación no son tan grandes como la inflación realmente producida. Las encuestas sobre el consumo dan unas expectativas de que está aumentando de una manera moderada.
 
Por otro lado, aunque el efecto de la inflación siempre es negativo para la economía, ya que hace perder el poder adquisitivo si no va unido de un aumento de los salarios y también baja el efecto riqueza por el valor menor de los activos con los tipos de interés más alto, tiene un efecto positivo a medio plazo en el endeudamiento, ya que en valores relativos nuestros préstamos son ahora menores.

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