El replanteamiento del sistema monetario internacional

16 de agosto de 2021

Hace cincuenta años, el mundo cambió. El 15 de agosto de 1971, el presidente estadounidense Richard Nixon cerró la "ventana de oro", suspendiendo la convertibilidad del dólar. Aunque no era la intención de Nixon, este acto marcó efectivamente el fin del sistema de Bretton Woods de tipos de cambio fijos. 

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Pero, en realidad, con el aumento de los flujos de capital transfronterizos privados, un sistema basado en tipos de cambio fijos para las principales monedas ya no era viable y la decisión de Nixon —denunciada en ese momento como una abrogación de las responsabilidades internacionales de Estados Unidos— allanó el camino para el sistema monetario internacional moderno.
La era de Bretton Woods
Cuando se estableció el sistema de Bretton Woods en 1944, la narrativa predominante era que las devaluaciones competitivas, las restricciones cambiarias y las barreras comerciales habían empeorado, si no causado, la Gran Depresión. En consecuencia, a los países miembros del FMI sólo se les permitiría alterar su paridad cambiaria en casos de "desequilibrio fundamental", con la idea de que la estabilidad de los tipos de cambio individuales (descartando las devaluaciones competitivas) resultaría en la estabilidad del sistema en general. Sin embargo, es importante destacar que sólo el país miembro podía proponer un cambio en la paridad: el único poder del FMI era aprobar o no aprobar el cambio propuesto.
El sistema incorporaba elementos del anterior sistema "patrón oro", pero ahora, en lugar de vincular las monedas directamente al oro, los países fijaban sus tipos de cambio en relación con el dólar estadounidense. A su vez, Estados Unidos prometió proporcionar oro, bajo demanda, a cambio de dólares devengados en bancos centrales extranjeros al precio oficial de 35 dólares por onza. Por lo tanto, todas las monedas vinculadas al dólar tenían un valor fijo en términos de oro.
En una rendición extraordinaria de la soberanía nacional por el bien común, los gobiernos miembros se comprometieron a mantener una paridad fija para su tipo de cambio frente al dólar estadounidense a menos que enfrentaran un "desequilibrio fundamental" en su balanza de pagos. El FMI prestaría reservas (generalmente dólares) para permitir a los bancos centrales mantener la paridad frente a choques temporales en su balanza de pagos sin "recurrir a medidas destructivas de la prosperidad nacional o internacional".
El sistema funcionó razonablemente bien durante más de dos décadas. Sin embargo, surgieron grietas. Los gobiernos de los países deficitarios con monedas sobrevaluadas a menudo retrasaron las devaluaciones necesarias por temor a las repercusiones políticas. Mientras tanto, los países con superávit, que disfrutaban de una ventaja en la competitividad comercial, no tenían incentivos para revaluar sus monedas.
La experiencia adquirida durante el período de 1960 demostró que esta estabilidad artificial de los tipos de cambio individuales podía retrasar el ajuste necesario, y terminar en última instancia en crisis traumáticas de la balanza de pagos que dieron lugar a la inestabilidad del sistema, especialmente si se trataba de una de las principales economías (por ejemplo, el Reino Unido). El aumento de los flujos de capital privado significó que cualquier tufillo a una posible devaluación enviaría miles de millones de dólares de un país deficitario —precipitando así la devaluación— a países con superávit que tendrían dificultades para contener las consecuencias inflacionarias de las entradas de capital.
A principios de la década de 1970, Estados Unidos sufrió una crisis de balanza de pagos, principalmente debido a sus laxas políticas monetarias y fiscales internas en su afana de financiar los costos de la guerra de Vietnam y los programas de la "Gran Sociedad", junto con la renuencia de los principales países con superávit (en particular Alemania y Japón) a revaluar sus monedas. Mientras los Estados Unidos resegraban las reservas de oro, Nixon decidió cerrar la ventana de oro. Aunque se pensó como una estratagema para obligar a los países con superávit a revaluar sus monedas, dado que el dólar era el eje del sistema, la acción de Nixon efectivamente derribó el sistema.
Nuevo sistema, nuevo pensamiento
El colapso de Bretton Woods (y su efímero sucesor, el Acuerdo Smithsoniano) provocó un replanteamiento fundamental sobre lo que daría estabilidad al sistema monetario internacional.
Al concebir el sistema de Bretton Woods, se ha supuesto que la fijación de monedas individuales frente al oro o al dólar haría que el sistema fuera estable. Sin embargo, a raíz de ello, los funcionarios estadounidenses argumentaron que simplemente fijar el tipo de cambio traería rigidez, no estabilidad. Los intentos de mantener la paridad (incluso mediante restricciones cambiarias o controles de capital) cuando el tipo de cambio crecía fuera de línea con las políticas internas sólo resultaron en demoras costosas —y en última instancia inútiles— en el ajuste externo.
La nueva idea era que la estabilidad del sistema provendría menos de la estabilidad de los tipos de cambio individuales per se,y más de que las políticas internas se orientaran hacia la estabilidad interna (crecimiento ordenado con baja inflación), lo que resultaría en tipos de cambio estables pero no excesivamente rígidos, lo que permitiría un ajuste externo oportuno y, por lo tanto, contribuiría a la estabilidad del sistema monetario internacional en general. Si bien ya no se exigía a los países que declararan y mantuvieran una paridad fija para su tipo de cambio, a fin de evitar posibles devaluaciones/depreciaciones competitivas u otras manipulaciones monetarias, se encomendó al FMI que ejerciera una "vigilancia firme" de las políticas cambiarias de sus miembros.
La experiencia posterior (especialmente las secuelas de la crisis financiera mundial de 2008) demostró que incluso esa estabilidad interna puede no ser suficiente para la estabilidad del sistema cuando se trata de países sistémicamente importantes. Más recientemente, los países ahora discuten regularmente con el FMI los efectos externos de sus políticas internas. Y aunque nunca se les exigiría que modificaran esas políticas siempre que promuevan su propia estabilidad interna, se les puede alentar a considerar políticas alternativas si esas promueven mejor la estabilidad del sistema también.
Lo que puede deparar el futuro
El colapso del sistema de tipos de cambio fijos sacudió al mundo en 1971. Pero los sistemas monetarios existen para servir a las necesidades de la humanidad, y a medida que nuestras sociedades evolucionan, también deben hacerlo nuestros sistemas sociales. El mundo de 1971 no era lo que era en 1944, al igual que nuestro mundo de hoy sólo tiene cierto parecido con las realidades de 1971. Hoy en día, las transformaciones fundamentales están acelerando el desarrollo, la implementación y la adopción del dinero digital. ¿Podría estar en marcha pronto una transformación digital del sistema monetario internacional? Independientemente de cómo evolucione el sistema, se mantendrá el principio fundamental de que su estabilidad dependerá de la cooperación monetaria internacional.

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