ACUERDO... EN BRUSELAS

13 de julio de 2015

Hay que repetir algo de lo que pasa en torno a la noticia más manoseada de los últimos tiempos. Pero precedida de un "parece" problemático que puede cambiar de signo en cuestión de minutos.

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En la tercera semana del “corralito”, con los ciudadanos, los comerciantes y los funcionarios desquiciados, se ha llegado a un acuerdo en el que se destacan puntos seguros:

• Firmeza de Angela Merkel que ha marcado el reloj de manera inapelable: o ustedes hacen lo que nosotros decimos en el término de 72 horas, o se van de la Comunidad y nos dejan tranquilos. Naturalmente, todos los grupos de izquierda llaman a esto prepotencia, intento de asesinato y,  no sé qué lindezas más. Y esto se lo cuentan a los Alemanes –y sobre todo, a la Merkel--, que acabaron de pagar sus deudas de la Primera Guerra Mundial, finalizada en 1919, en el año 2010
• Absoluta falta de confianza de los ciudada-nos griegos en un gobierno incapacitado que ha gastado, como se dice en nuestra tierra, con “la pólvora del Rey” y nos quieren engañar a los demás con los empobrecidos de Atenas abajo. Todo lo que queda de seis meses escasos de Gobierno son: las veleidades de Tsipras, la sorna sin sentido de Varoufakis y, ahora, para mayor ofensa, las discusiones tabernarias de la firma fálica de Tsakalotos, ejemplos maravillosos que pueden animar a los que apoyan a los “libertadores” de hoy. Recordé hace poco una cita de Ortega y Gasset (no exacta, pero sí en su contenido): “Vienen los jóvenes y quieren cambiar el mundo. Y lo cambian. Se equivocan, claro, Pero esa es la grandeza de la juventud: poder equivocarse”.
• Es muy poco el bagaje de esos seis meses: la euforia del triunfo, los viajes alocados de Tsipras y Varoufakis, la obligada penuria de los ciudadanos, la absoluta inseguridad de las Bolsas y, como culminación, un referendum que nadie ha entendido: no se sabe qué quería decir el “No”, ni que quería decir el “Sí ”. Lo más importante: nadie sabe quién ha ganado. Porque, ahora, lo que rechazaron los noes resulta que era más ventajoso que lo que se está ofreciendo en la oferta final sin condiciones.
 

Con frecuencia recuerdo  muchas páginas de Astérix y Obelix, especialmente éste, cuando agitaba su enorme barriga y reía a mandíbula batiente diciendo: “¡Están locos estos romanos!”.

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