El Tercer País

09 de mayo de 2021

Tras el entusiasmo que Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982) había despertado entre el gran público con La hija de la española (Lumen, 2019), no era poca la expectación por El Tercer País (Lumen, 2021) su siguiente novela. Si la primera consistía en una vibrante historia de huida de una Venezuela en apocalipsis, esta segunda se desarrolla en una frontera imaginaria con fuerte sabor entre tropical y mesoamericano, entre la "sierra oriental" y la "occidental".

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Ahí se dirigen, huyendo de la peste, Angustias Romero, su marido y sus hijos gemelos, unos bebés sietemesinos que fallecen inmediatamente. Los padres llegan a El Tercer País, un cementerio “de caridad”, clandestino, regentado por Visitación Salazar, una negra madura, mitad ángel y mitad diosa pagana. El marido de Angustias la abandona y ésta se queda de sepulturera con Visitación, sin patria, sin hijos, sin dirección ni sentido, luchando por mantener abierto aquel camposanto contra ella misma, contra los poderes del mundo y contra el tiempo.
Sainz Borgo es una lectora voraz y en su faceta periodística está acostumbrada a publicar -nulla dies sine línea- siete días a la semana. Sin embargo, en cada nueva entrega como novelista descubrimos a una escritora más segura, digamos que más confiada en sus propias posibilidades. Y, por tanto, novela a novela encontramos una creadora más libre. El Tercer País es su puesta de largo literaria, su libro con mayor voluntad de estilo. Ha abandonado el sabor de crónica que, a ratos, aparecía en La hija de la española, de la misma forma que se renuncia a los ruedines.
Tiene esta novela un sabor de irrealidad, de personajes que están más allá del bien y del mal, tal esos detectives de Hammett determinados por una moralidad tan exigente como sin rumbo. Esas páginas nos seducen con el atractivo embriagador de una flor carnívora o de una aventura prohibida. Hay un fatum de tragedia clásica, un sabor de exuberancia del boom, de humanidad posthumana, de belleza en descomposición. El Tercer País nos presenta una ambigüedad maravillosa, en donde todo parece ser símbolo de algo más grande pero que, a la vez, elude cualquier interpretación cerrada y directa. Y, por eso, habla de alguna manera a cualquier lector. A todos y de todo. Es imposible no pensar -y a la vez es imposible afirmar-, por ejemplo, que aquella peste que desmembra los países, que arrastra a las personas, que las desarraiga y las convierte en zombis y héroes, no sea la misma que la que expulsa de Caracas a La hija de la española. 
El estilo es embriagador con un léxico luminoso, danzarín pero nunca excesivo. Hay páginas que se asemejan a las flores expuestas en un jardín botánico o a las frutas preparadas para la mesa de un sultán. A la vez es un texto de arte mayor donde asoman las grandes cuestiones: la muerte, la comunión y el duelo por los hijos muertos, el enterramiento como un deber de piedad premoral. La resistencia heroica de los débiles, la asunción de deberes por los que merece la pena morir. Se levantan en carne real las pulsiones más primarias: comer, amar, dormir. Los hombres en intimidad con los animales. La música. La naturaleza que unas veces es excesiva y otras desértica. La propia condición humana como raza sensual.

Sainz Borgo ha resultado ser una portentosa creadora de personajes femeninos: lo es la Adelaida Falcón de La hija de la española, aquí lo son Angustias y Visitación y, si puede decirse así, lo es ella misma en esa joya autobiográfica y desconocida -y que deberíamos tratar como una novela más- que son las Crónicas barbitúricas (Círculo de Tiza, 2019). A esta autora se le ha preguntado qué hay de autobiográfico en ellas y suele contestar que solo son personajes. Sin embargo, todas tienen en común una caída original de la que son inocentes: estas mujeres son descendidas a los infiernos y, a la vez, mantienen una dignidad. Surge de su alma una fuerza que es difícil de explicar y que es un misterio. Se mantienen en su posición frente a un mundo que se tambalea. Bajan, decíamos, al averno y, de alguna manera, consiguen reponerse, aunque en la salida aparecen como personajes heridos, que nunca vuelven a ese paraíso que era ser personas completas. 

Al igual que en tantas obras de Patricia Highsmith, el lector queda con las ganas de leer nuevas entregas con la secreta intuición de que en cada una de ellas descubrirá, entre corrientes de invención literaria, el secreto pozo de la intimidad de esa escritora. Por todo lo dicho, estas páginas de extraña belleza y de complejidad poliédrica harán a buen seguro las delicias de la crítica más académica y, desde luego, del lector que exija fondo a sus lecturas. 

El Tercer País.
Karina Sainz Borgo. 
Lumen, 2021.


 

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