Helena o el mar del verano

04 de julio de 2021

Julián Ayesta ha sido uno de esos escritores secretos de la literatura española. Autor mediano de obras de teatro y escritor por afición, dio a luz en 1952 su Helena o el mar del verano, una obrita pequeña, inclasificable, hija en buena medida de otro tiempo, pero ajena también a la literatura de posguerra. 

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Y pronto se convirtió en una obra de culto, indispensable, al menos para ese pequeño club de seguidores entusiastas que ha ido pasándola, como una gnosis literaria, de generación en generación. Es el ingrediente secreto de una salsa que la abuela nos susurra al oído. En efecto, Ayesta ha tenido siempre un selecto grupo de lectores, pequeño pero fiel, que ha ido reclamando las sucesivas ediciones para mantener viva esta obra y convertirla en un inesperado milagro más allá de las modas o del mercado literario.
A las ediciones de Sirmio y Planeta -además de las traducciones al francés o al alemán: sus adeptos no tienen fronteras- siguió la de El Acantilado, allá por el año 2000, cuando esta editorial no era sino una empresa prometedora. Hoy, 20 años después, la editorial catalana anuncia que vuelve a editarla, para surtir de ejemplares a una nueva minoría.

La obra de Ayesta apenas llega a las sesenta páginas y recoge el paso de la infancia a la adolescencia de un chico de clase media y conservadora, sustanciado en tres etapas: dos veranos de playa en Asturias y el invierno que pasa entre medias. Es una novela deslavazada, en la que no sucede nada, pero sucede lo más importante. Escrita a trompicones y en primera persona; sin otro orden que el arbitrario flujo de consciencia del crío. Doblemente hermosa por una prosa preciosista y, desde luego, por la nobleza e inocencia del chico.
Porque ahí se describe a un niño que comprende que ha dejado de serlo; y lo comprende no tanto porque lo incluyan en las conversaciones de los mayores o porque le dejen beber sidra o brandy y agua con gas -¡brandy y seltz!-, sino porque descubre, en un día del verano, que ya no puede sostener la mirada -cara a cara- con Helena. Porque comprende que ella no es una compañera de juegos, sino una alteridad fascinante, cambiante, sorprendente. Un universo interior al que desea conocer por encima de todo.

Es pues una novela de paso que, por inocente, puede resultarnos irreal en los tiempos de internet y de la educación sexual; se narra la adolescencia como una sorpresa y un descubrimiento realizado en una “libertad limitada”. Ahí el lector entiende la maduración como la integración de una recién descubierta corporalidad, como la asunción de una responsabilidad que no siempre está en nuestra mano y, desde luego, en el descubrimiento del amor como la única cosa que importa. Aparece la sensibilidad hacia lo bello, que nunca es inmediato, y una apertura ya plenamente adulta -es decir, entre sombras- hacia la trascendencia. Vemos debatirse carne y espíritu, ímpetus y conciencia y, lo mejor, se entrevé que todo conduce a una solución, que es a la vez hermosa y dramática.

Por todo, no deja de ser una novela idealista, impregnada de resonancias clásicas y de vacaciones eternas rodeados de primos y amigos de la familia, de chicharras y orquestas de verano. Nos habla de una adolescencia inocente y culpable, vital y luminosa, un poco ridícula. Quizá la que pueden comprender, cada generación, solo un huérfano grupito de lectores.

Helena o el mar del verano. 
Julián Ayesta. 
Ed. El Acantilado, 2020 (9ª ed.)



 

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