La luz de febrero. 

11 de julio de 2021

La luz de febrero – Olive, again en inglés – es la séptima novela de la escritora Elizabeth Strout (Maine, 1956) que en 2009 fue galardonada con el Premio Pulitzer de Ficción por su exitosa obra, Olive Kitteridge. 

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Esta última – en forma de una colección de relatos –  narra la historia de una mujer, su familia y amigos, en la costa de Maine, en un pequeño pueblo llamado Crosby. Tanto en este como en sus otros libros la autora disecciona las relaciones humanas y se adentra en un mar de profundidades oscuras, porque al fin y al cabo, la vida de cada persona es un hondo misterio. La luz de febrero presenta una Olive más reflexiva – ya con setenta años – pues se plantea los grandes temas, tanto de la vida como de la literatura, como la soledad, la vejez y la muerte. Aunque sus pensamientos no son un impedimento para que nuestra protagonista, un poco contradictoria, gruñona, directa y brusca muchas veces, intervenga en varias de las historias que se desarrollan en el pueblo de Crosby. Con un ritmo pausado y con capítulos cortos la escritora consigue que a medida que avancemos la lectura vayan apareciendo variopintos personajes que constituyen una parte de la vida de Olive, a veces de una forma más lejana como puede ser una persona que simplemente vive en la misma ciudad y comparte poco con Olive, u  otras como su propio hijo o marido. La sensibilidad de Strout demuestra que tanto los primeros como los segundos son capaces de enseñarle a la señora Kitteridge que estamos menos solos cuando nos dejamos querer. 

Y es de eso de lo que trata La luz de febrero. En realidad podríamos llamar el libro La luz de la soledad o La luz del amor porque uno lleva a lo otro. No digo que la soledad sea amor ni que el amor sea soledad ni mucho menos. A lo que me refiero aquí es que el aprender a no estar solos – o menos solos – requiere un esfuerzo interior muy grande. La soledad es la primera etapa para darnos cuenta de que lo único que conseguimos al alejarnos de las personas es volvernos más egoístas. El amor, la segunda y última etapa de nuestro crecimiento espiritual, viene cuando nos damos cuenta de que necesitamos de los demás. Eso mismo le sucede a Olive. Se tambalea en la diminuta línea entre contestar mal a la gente porque  “está harta”, porque piensa que “nadie la comprende, o porque simplemente le caen mal o ayudarles. Porque su primer reflejo es ayudar sin pedir nada a cambio, pero los traumas de su pasado no le dejan explotar los límites de su bondad. Es esa contradicción de la condición humana la que explora Stout en sus libros. Querer, pero no saber cómo porque para querer bien es necesario saber quiénes somos, cuál es nuestra identidad. Olive eso no lo sabe, ni al comienzo ni al final de la novela. No se puede querer si uno no conoce su yo más profundo. Es necesario confiar y dejarse ayudar, cosa que le cuesta mucho a Olive, pero en los últimos capítulos, ella ya con ochenta años, se da cuenta de que verdaderamente está sola y tras un infarto, aprende a pedir ayuda. 
“Hablar sin parar para no sentirnos solos”. 

Esta es la reflexión que hace Olive en uno de los primeros capítulos tras la visita de su hijo, Christopher, que vive en Nueva York, con quien no tiene una relación especialmente buena. Es lo mismo que decir “hablar para no pensar lo solos que estamos”. Siempre estamos solos. Lo que demuestra Elizabeth Strout es la grandeza de la condición humana al luchar contra esa soledad, al dejarnos caer en los brazos de los otros. Porque no me cabe ninguna duda de que nosotros – los lectores – estamos menos solos con Olive al lado, pero tampoco dudo de que Olive estando nosotros a su lado, se siente más acompañada en su lecho de muerte.

La luz de febrero
Elizabeth Strout
Duomo Editorial
Páginas: 368
Fecha de publicación: febrero 2021

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