Asombro y desencanto

04 de septiembre de 2021

Asombro y desencanto recoge los viajes en coche que Jorge Bustos hizo en dos veranos. El primero por la ruta manchega de don Quijote y el segundo por Francia, desde el sur hasta el norte. Con una prosa limpísima el autor ofrece la crónica de esos días trufada de reflexiones sobre actualidad, filosofía y vida. 

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La lectura de Asombro y desencanto (¡qué fantástico título!) ha provocado, con seguridad, no poca sorpresa para muchos de los lectores que conocen a su autor, Jorge Bustos (Madrid, 1982), en su faceta de jefe de opinión del diario El Mundo, de contertulio habitual en las mañanas de COPE o quizá de comentarista deportivo y activísimo tuitero. Porque ese Bustos público, pegado a la actualidad, irreductible, de riposta envenenada, poco parece tener que ver con el escritor contemplativo, con el meditador que indudablemente se encuentra detrás de estas páginas.
Asombro y desencanto recoge la crónica de dos veranos, uno empeñado en hacer la ruta manchega de don Quijote —publicado ya parcialmente en el periódico— y otro paseando Francia. Es, por tanto, un libro de viajes. De viajes de meditación política y de identidad nacional —como un noventayochista contemporáneo— y de viajes burgueses y levemente liberales, como un Leigh Fermor a la española al que, sin embargo, le falta toda aventura o peligro que no sea el de exponerse de más al sol, llegar tarde al hotel y quedarse sin cena o el de beber demasiado generosamente burdeos.
No han faltado en nuestra literatura médicos o juristas que se han dado a las letras. Y no se puede evitar —de Marañón a Maura— advertir en su prosa como un regusto de la profesión. De la misma manera, hay una función olvidada del viejo periodismo, la del editor serio que leía las piezas y corregía o realzaba un estilo que habían escrito sin fuste, la del redactor en edad de jubilarse que hacía de cicerone al neófito en la profesión de escribir: las noticias tenían que aparecer claras como agua, sin ambigüedades, con una gradación lógica de los contenidos —de lo más importante a lo menos—, dentro de un contexto que les daba sentido. Y todo ello siendo ameno, culto pero accesible y con aguda capacidad de síntesis. Ahí debía escribirse con el mismo escrúpulo una columna de opinión o una crónica bursátil. No era esa, desde luego, una mala escuela de escritura. La obra de Jorge Bustos se nos aparece como cincelada de esa forma. Y, aunque es escritor joven, también ha pasado por la universidad del buen cinismo —que está tan lejos del escéptico como del idealista— y del realismo al que no falta esperanza. Digamos que no busca en la vida más de lo que es razonable buscar.
El primer viaje del libro transcurre por la misma ruta quijotesca que un siglo antes recorriera Azorín. Y, al igual que el escritor de Monóvar, se convierte en un diálogo con Cervantes: “La inteligencia artificial mata la natural como los libros de caballerías mataban el raciocinio de Alonso Quijano”. Ahí aparecen los hitos de cada jornada, hotel a hotel, iglesia a iglesia, trufando la visita con las reflexiones que le suscitaba cada uno de ellos. Reflexiones entendidas en el amplio espectro que va desde lo chusco —el problema de las flatulencias de las vacas— hasta los hondones del espíritu y su asombro: “determinados logros humanos no admiten la hipérbole”. Y todo ello con un fin: “uno, si acaso, lo que busca aquí es atrapar la consistencia de un carácter, la persistencia del casticismo”. Hay mucho de diálogo interior sin más orden ni razón que la de la propia subjetividad: quizá otros no hubiéramos hablado de los pintxos de Vitoria y sí de las berenjenas de Almagro.
Bustos se sorprende en Francia de acentos, arquitecturas, actitudes... y entiende que todas ellas son símbolos de algo arcano; pero lo meritorio de estas páginas —y esto lo advertirán especialmente quienes estén en otra órbita ideológica— es que el autor primero mira la realidad y luego la simboliza y no al revés. Evita el apriorismo ideológico y, con ello, da una de las lecciones más importantes a todos los que comparten con él la profesión: la mirada del mejor periodismo es, por decirlo así, presimbólica. Sea como fuere, son maravillosas las páginas en las que unos ojos vírgenes, pero nada inocentes describen Ruan, la patria de Flaubert, las de Burdeos y París, las de Blois y Orleans. Quizá no está de más acercarse a la librería, ahora que acaba el verano, para hacerse con este libro y darse el capricho de viajar de nuevo.

Asombro y desencanto
Jorge Bustos. 
Libros del Asteroide. 2021

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