FRANCO, MORADIELLOS, ARCADI ESPADA Y EL HOLOCAUSTO

28 de febrero de 2022

La reciente publicación de “El Holocausto y la España de Franco”, obra del catedrático Enrique Moradiellos y los profesores César Rina Simón y Santiago López Rodríguez, ha originado una interesante controversia entre ellos y el periodista Arcadi Espada, que en 2013 había publicado “En nombre de Franco. Los héroes de la Embajada de España en el Budapest nazi”.

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El libro de los tres profesores consiste en realidad en tres breves ensayos. El de Rina Simón estudia el antisemitismo en los diarios conservadores extremeños entre 1931 y 1950, es decir, un tema local de escasa relevancia general, de acuerdo con la mediocridad que con frecuencia caracteriza a la Universidad española.

El de López Rodríguez analiza periódicos de toda España para descubrir el Mediterráneo: que la información sobre el Holocausto fue exigua y parcial, aunque ese también fuera el caso de los medios de países como Gran Bretaña y Estados Unidos, porque lo ocurrido sólo se conoció de forma completa y veraz cuando en 1945 los Aliados llegaron a los campos de exterminio. No fue, por cierto, el único gran genocidio del siglo XX que apenas fue publicado en su momento. También ocurrió con el Holodomor (la hambruna) que la URSS de Stalin aplicó en Ucrania y otros territorios durante los años Treinta, con el mismo balance de millones de muertos que el Holocausto. Peor aún: un periódico tan prestigioso como el New York Times negó que se estuviera produciendo. Su corresponsal en Moscú, Walter Duranty, recibió en 1932 el premio Pulitzer. No fue un caso aislado. Intelectuales ”progresistas” como George Bernard Shaw y H.G. Wells negaron las hambrunas, después de visitar la URSS. En realidad y según los datos actuales, murieron de inanición unos siete millones de personas: cuatro millones de ucranianos, dos millones de rusos y un millón de kazajos.

López Rodríguez también analiza el comportamiento de los diplomáticos españoles, a los que descalifica con carácter general. Destaca instrucciones de pasividad por parte del ministro Serrano Súñer en 1940, cuando el antisemitismo nazi aún no había dado paso al Holocausto (la conferencia de Wansee que organizó el exterminio de los judíos fue en enero de 1942). Y pasa por alto la política del sucesor de Serrano Súñer, el Conde de Jordana, así como las instrucciones enviadas por el siguiente ministro de Asuntos Exteriores, José Félix de Lequerica, que en el otoño de 1944 encareció a las embajadas españolas la protección mayor número posible de judíos. La presunta investigación de López Rodríguez resulta, en consecuencia, tan escasa como parcial y sectaria.

El catedrático Moradiellos tampoco ofrece ninguna investigación original relevante, aunque al menos busca un equilibrio, al presentar luces y sombras de la política española, con más peso de las primeras. Los tres autores, sin embargo, coinciden en una indecencia intelectual al no citar el libro de Espada, el cual les da sopas con onda y ha reaccionado con lógica irritación. La respuesta de los profesores ha sido que ellos se atienen a criterios historiográficos, peregrina excusa para dar crédito sólo a lo que les parece oportuno, sin ningún criterio objetivo.

Los “historiográficos” no pasan por alto contribuciones como las de José Antonio Lisbona –“Retorno a Sefarad. La política de España hacia sus judíos en el siglo XX”, de 1993-, y la del historiador alemán Bernd Rother, del Centro Mosses Mendelssohn de Estudios Judíos Europeos en Potsdam, que en “Franco y el Holocausto”, publicado en español en 2005, afirmó que durante la Guerra Civil “no se difundió ninguna declaración antisemita de Franco” (página 56).

Otros aspectos de la cuestión, sin embargo, son ignorados por los “historiográficos”. Hay tres de ellos que resultan relevantes; el primero es del principal ideólogo nazi, Alfred Rosenberg, autor de “El mito del siglo XX”, el clásico texto antisemita de la Alemania de Hiitler. El 23 de agosto de 1936, cinco semanas después del comienzo de la guerra en España, Rosenberg anotó en su diario: “El general Franco no quiere saber nada de antisemitismo. No está claro si por respeto a sus judíos marroquíes, que tienen que pagar diligentemente, o porque todavía no ha comprendido que hoy en día el judaísmo se está vengando de Isabel y Fernando [Los Reyes Católicos, que en 1492 expulsaron a los judíos reacios a convertirse al cristianismo]”. Días antes, en declaraciones a The Daily Telegraph, el general Franco había proclamado la libertad religiosa: “Según el espíritu tradicional comprensivo de nuestro pueblo, la oración se debe ofrecer en la Iglesia, la Mezquita y la Sinagoga”. Así lo recoge José Antonio Lisbona en la página 67 del libro citado. Los “Diarios 1934-44” de Alfred Rosenberg se publicaron en español en 2015 y la cita que aquí se reproduce corresponde a la página 240.
Un segundo aspecto fue revelado en 2004 por Alberto Poveda Longo, en su libro “Las otras listas”. Durante la Segunda Guerra Mundial, Poveda fue el secretario del Gobierno Civil de Lérida y se ocupó de atender a los numerosos judíos que cruzaban de Francia a España por los Pirineos, de forma clandestina. En todos los casos eran instalados en hoteles o pensiones y se les proporcionaba documentación y permisos para que pudieran continuar viaje. Así pues, no sólo fueron las embajadas quienes protegieron a judíos, sino también los gobiernos civiles en territorio español. No resulta concebible que actuaran al margen o en contra de las instrucciones de Madrid.

Fui testigo del tercer aspecto que los “historiográficos” pasan por alto. En 1992 el entonces director general del CESID (actual CNI), general Emilio Alonso Manglano, organizó en los cursos de verano de la Universidad Complutense en El Escorial una semana dedicada a los servicios de inteligencia, en la cual participó el general Iser Harel, que entre 1952 y 1963 había dirigido el Mosad, servicio israelí de inteligencia exterior.

Harel convocó una rueda de prensa, en la cual los periodistas le preguntamos sobre todo por el conflicto de Oriente Medio, lo que parecía lógico. Cuando terminaron nuestras preguntas, el general Harel comentó que le extrañaba mucho que no le hubiéramos preguntado por otra cuestión: la actitud del régimen de Franco hacia los judíos durante la Segunda Guerra Mundial.
Él mismo se respondió. En 1956, cuando después de la independencia de Marruecos se produjo en ese país una generalizada persecución nacionalista contra los judíos, que causó numerosos muertos, Harel fue enviado para ayudar en todo lo posible a la evacuación de los hebreos marroquíes. El director del Mosad encontró una colaboración fundamental que no esperaba. A pesar de que Israel y España no tenían relaciones diplomáticas, las autoridades españolas colaboraron de forma plena en la tarea que le habían encomendado. La tarea principal y decisiva fue llevada a cabo por el Ejército, que no se retiró por completo del antiguo Protectorado hasta 1961. Los militares españoles ocultaban a las familias judías en sus camiones, hasta dejarlas a salvo en Ceuta o Melilla. Algunos besaban el suelo de estas ciudades cuando llegaban a ellas.

De regreso a Israel, el general Harel encargó al Mosad una investigación sobre lo que había hecho España durante la guerra mundial. La conclusión del servicio de inteligencia israelí fue que no se había promulgado ninguna legislación antisemita y que ni un solo judío llegado a territorio español había sido entregado a los nazis. Por esta razón, cuando a finales de enero se conmemora la liberación de Auschwitz el nombre de España no se cita entre los países europeos que en mayor o menor medida, aunque no fueran conscientes de las consecuencias de sus actos, contribuyeron al Holocausto.

Diga lo que diga la Historiografía seleccionada por Moradiellos y sus adláteres, resulta incontestable que la política española salvó la vida, durante los años Cuarenta, a miles de judíos, y a decenas de miles en los Cincuenta. Tanto en una como en otra época, gobernaba en España un dictador llamado Francisco Franco.

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