Al evocar el legado negativo de la guerra de Irak —un mundo más inseguro, aumento del terrorismo, crisis migratoria y encarecimiento de la vida— el presidente busca reforzar su postura pacifista, pero termina por repetir fórmulas ya conocidas sin aportar soluciones concretas para los complejos desafíos actuales.
Sánchez advierte sobre las consecuencias de una «guerra larga con numerosas bajas» y el impacto económico global, pero deja en el aire cómo España planea enfrentar estos retos más allá de declaraciones de buena voluntad. El rechazo a la «quiebra del derecho internacional», dirigido veladamente contra Estados Unidos, se queda en la denuncia retórica, sin proponer mecanismos efectivos para defender la legalidad internacional ni para influir en la diplomacia internacional.
La insistencia en no repetir «los errores del pasado» y en no resolver conflictos «a base de bombas» es loable, pero el discurso evita entrar en las contradicciones y límites de la política exterior española. Al afirmar que España mantendrá la misma postura en Ucrania y Gaza, Sánchez simplifica realidades muy distintas y ofrece una respuesta que parece más orientada a alinear la imagen del Ejecutivo que a liderar una estrategia coherente en el tablero internacional.
Al referirse al «trío de las Azores» y responsabilizarles del caos iraquí, Sánchez busca distanciarse de las políticas de sus antecesores y de otros líderes internacionales. Sin embargo, al reconocer que «es pronto para saber si la guerra de Irán tendrá consecuencias semejantes», el presidente cae en una ambigüedad que no tranquiliza ni orienta a la ciudadanía. Su crítica a Trump y a quienes «usan el humo de la guerra para ocultar su fracaso» se convierte en una denuncia moral, pero no en una propuesta de acción concreta.
En cuanto a las medidas anunciadas —evacuación de españoles, apoyo económico ante la crisis, colaboración diplomática y material en la región—, el discurso se limita a prometer protección y cooperación, sin detallar planes, recursos ni plazos. La garantía de que España tiene «capacidad y voluntad política» recuerda a los comunicados de crisis pasadas, pero no responde a las preguntas fundamentales sobre el papel real del país en la resolución de conflictos.
La advertencia sobre los errores de cálculo que desencadenan guerras y el llamamiento a «aprender de la historia» son acertados, pero el discurso peca de exceso de generalidad y falta de concreción. Además, el mensaje de Sánchez a sus socios europeos acerca de defender los valores en cualquier conflicto —de Ucrania a Groenlandia— diluye el enfoque y lleva el debate a un plano demasiado abstracto.
Finalmente, aunque Sánchez rechaza el régimen iraní y pide una solución diplomática, la posición oficial se resume en el reiterado «No a la guerra», una fórmula que, si bien conecta con el sentir de muchas personas, no basta para guiar la acción política en medio de una crisis internacional. El discurso transmite más una voluntad de posicionarse en el imaginario público que un compromiso real con la búsqueda de soluciones y una estrategia efectiva. En tiempos de incertidumbre y riesgos globales, España merece un liderazgo capaz de ir más allá del eslogan y ofrecer respuestas claras, pragmáticas y valientes. Y sin embargo nos encontramos con un intento electoralista dirigido a esa izquierda que le ha dado la espalda y se la seguirá dando porque se han acostumbrado a pasar la gorra y cobrar y en esta ocasión con Sanchez en caída el cobro se empieza a complicar haciendo dudar a sus simpatizantes y seguidores

