Mientras Italia mantiene controles a los viajeros procedentes de España alegando motivos de seguridad y cuestiona la gestión de la frontera exterior europea, el Ejecutivo de Pedro Sánchez se ve obligado a defender una respuesta que no ha logrado disipar las dudas de sus socios comunitarios.
Pero el problema no es únicamente exterior. La contestación social que acompaña cada aparición pública de varios ministros refleja un creciente malestar ciudadano. Cuando miembros de un Gobierno necesitan extremar los dispositivos de seguridad o ven sus actos marcados por silbidos, abucheos y protestas, el mensaje que reciben los ciudadanos es que existe una brecha entre el discurso oficial y la percepción de la calle.
En democracia, la crítica y la protesta forman parte de la normalidad institucional. Sin embargo, cuando el rechazo deja de ser episodico y se convierte en una constante, el Gobierno debería preguntarse por las causas profundas del descontento en lugar de atribuirlo únicamente a la polarización política o a la acción de la oposición.
La gestión de la inmigración, la sensación de pérdida de control en las fronteras y las tensiones con países aliados como Italia constituyen un terreno especialmente sensible para la opinión pública. En ese contexto, cada abucheo a un ministro es algo más que una protesta puntual: es un síntoma de la erosión de confianza de una parte de la ciudadanía hacia quienes tienen la responsabilidad de gobernar.
Un Gobierno puede conservar la mayoría parlamentaria y, al mismo tiempo, perder conexión con la calle. Cuando eso ocurre, el ruido de los silbidos deja de ser una anécdota para convertirse en una señal política que conviene escuchar.
