La imagen de los escaños vacíos, incluido el del propio presidente Sánchez, es el reflejo de una estrategia de distanciamiento que poco aporta a la resolución del problema y mucho dice de la soledad en la que se encuentra el ministro. Y no solo el ministro, sino su jefe que no solo no se atreve a sentarse en el Senado, sino que tampoco acude al funeral de las víctimas del accidente y es que su actuación en Valencia, huyendo de la gente y abandonando al Rey pesa como una losa y los ciudadanos se la seguirá recordando una y otra vez.
Puente, como fiel vasallo, ha tratado de parar los golpes, proclamando entre otras cosas que la red ferroviaria está «cerca del riesgo cero», pero lo hizo en el contexto de un debate carente de autocrítica y sin ningún gesto de asumir responsabilidades. El ministro defendió que se han hecho todos los esfuerzos posibles para atender a las víctimas y coordinarse con otras administraciones, pero la pregunta esencial sigue sin respuesta: ¿realmente era imposible evitar la tragedia? La respuesta, envuelta en tecnicismos y buenas intenciones, no logra disipar las dudas sobre la gestión y la prevención.
Por su parte, los partidos de la oposición no dudaron en exigir la dimisión del ministro. El PP, Vox y Junts apuntaron directamente a Puente, acusándole de negligencia y de mantener una red con «mantenimiento deficiente». El anuncio de Feijóo de crear una comisión de investigación sobre la situación ferroviaria es, sin duda, un gesto político, pero también una señal de la desconfianza que suscita el Ejecutivo en materia de seguridad.
Una nota curiosa del debate fue la actitud de los senadores del PSOE, que aplaudían a Puente mientras él mismo les pedía que cesaran, consciente de que el momento exigía más reflexión que vítores. Esta escena ilustra la desconexión entre el ritual político y la gravedad de los hechos, y pone de manifiesto que el Gobierno prefiere la autocomplacencia antes que el análisis crítico de sus errores.
El episodio también deja en evidencia la utilización partidista de las tragedias y el desgaste de la política parlamentaria, donde el debate sobre la seguridad ferroviaria se convierte en otro campo de batalla entre mayoría y oposición, más preocupado por el rédito político que por el bienestar de los ciudadanos. La ausencia de autocrítica y la negativa a asumir responsabilidades, junto con la constante referencia al “riesgo cero”, constituyen un pobre consuelo para quienes exigen respuestas y soluciones efectivas.
En definitiva, la sesión en el Senado es el ejemplo perfecto de cómo la política española sigue atrapada en viejas dinámicas: la defensa numantina, la falta de transparencia y la incapacidad para transformar una crisis en oportunidad de mejora. El Gobierno y el ministro Puente pueden insistir en que estamos cerca del riesgo cero, pero la realidad demuestra que la seguridad total es una quimera, y que la confianza de los ciudadanos se gana con hechos, no con palabras vacías.
Y mientras, la herida sigue abierta.
