Retroceder a los peores registros desde la gran recesión de 2012 no es solo un dato anecdótico, sino una llamada de atención sobre la fragilidad de nuestra recuperación y la falta de políticas eficaces que consoliden el empleo.
Es preocupante que, pese a los discursos optimistas de las autoridades, las cifras desestacionalizadas evidencien una desaceleración clara en la creación de puestos de trabajo. La caída sostenida mes a mes deja entrever que los problemas son estructurales y no meramente coyunturales. Además, el desplome en el sector servicios, motor fundamental de nuestra economía, evidencia una dependencia excesiva de sectores vulnerables a las crisis y la ausencia de un tejido productivo diversificado y resiliente.
Comparar estos datos con los peores momentos de la crisis financiera debería servir de advertencia: no podemos permitirnos la complacencia ni la inacción. Urge un cambio de rumbo que apueste por la estabilidad, la calidad del empleo y la innovación para evitar que el futuro laboral de miles de personas siga pendiendo de un hilo.
Y para ello este Gobierno lo primer que debería de hacer es cambiar de equipo en todo el área de Trabajo; empleo y Seguridad Social su incompetencia y desprecio de todo lo que signifique sacrificio y esfuerzo de empresarios y trabajadores es de tal calibre que hace imposible un dialogo enriquecedor que España necesita en momentos en los que ni los datos con los que se trabaja y que mes a mes da a conocer el ministerio de turno son fiables. Así difícilmente se puede trabajar y crear iniciativa que a medio y largo plazo generen nuevas oportunidades
