No obstante, los factores domésticos —especialmente políticos— seguirán siendo determinantes en la evolución relativa de cada divisa.
En este contexto, el real brasileño mantiene un perfil atractivo a medio plazo gracias a unos tipos reales elevados que continúan favoreciendo las estrategias de carry trade. Aunque podría registrar volatilidad en el corto plazo, la mejora del entorno global y el ciclo electoral serán claves para consolidar su apreciación.
Por lo que se refiere al peso chileno, presenta potencial de recuperación apoyado en la mejora del sentimiento global y en la expectativa de repunte del cobre, en un entorno de menores precios energéticos, si se cumple la desescalada de conflicto. Este factor beneficiaría a Chile como importador neto de crudo.
Más cautela despierta el peso colombiano, donde los riesgos internos —especialmente el impacto del aumento del salario mínimo y la incertidumbre institucional— “podrían limitar su desempeño, pese a un entorno externo más favorable y a unos tipos reales que siguen siendo atractivos para la inversión”.
Por lo que se refiere al peso mexicano se consolida como una de las divisas con mejor posicionamiento relativo, respaldado por la reducción de riesgos comerciales con EE. UU., una relación bilateral más constructiva y unas perspectivas de crecimiento más dinámicas.
Finalmente, el sol peruano destaca por la solidez de sus fundamentales macroeconómicos y por el enfoque del banco central hacia la estabilidad cambiaria, ”lo que debería facilitar una recuperación gradual a medida que se normalice el apetito global por el riesgo”.
En conjunto, el escenario base contempla una reapertura progresiva de rutas energéticas clave como el Estrecho de Ormuz y una moderación de las tensiones internacionales a partir de la primavera, factores que actuarían como catalizadores para una recuperación más amplia de las divisas emergentes.

