La falta de iniciativa y la tendencia a llegar tarde a los debates y foros decisivos sitúan a España en una posición secundaria, casi irrelevante, respecto a las grandes potencias del continente. No es solo una cuestión de imagen, sino de influencia real en la toma de decisiones que marcarán el futuro político y económico de la Unión Europea. La desconexión de España de los focos de poder se refleja en múltiples escenarios, donde las alianzas estratégicas se tejen sin la presencia española, relegando a nuestro país a un papel de comparsa. En la actualidad, las decisiones clave sobre la competitividad europea, la autonomía económica y la defensa común se toman en foros donde España apenas tiene voz.
La ausencia reiterada de Pedro Sánchez y su equipo en los encuentros clave, como el reciente cónclave previo al retiro de Alden Biesen, evidencia una preocupante desconexión con los motores principales de la política europea. Mientras otros líderes se anticipan y consolidan alianzas estratégicas, España parece resignada a asumir el papel de espectador, acudiendo a las citas importantes cuando las decisiones ya han sido tomadas. Esta pasividad condena a nuestro país a la irrelevancia y reduce su capacidad de influencia en asuntos que afectan directamente a nuestros intereses nacionales. Ejemplos recientes lo ilustran: en las reuniones para articular una posición común de las principales economías europeas, España ha estado ausente, llegando a sumarse tarde a iniciativas conjuntas, como la fuerza internacional de paz para Ucrania acordada en Berlín o el encuentro telemático con Volodimir Zelenski previo a negociaciones con Estados Unidos, donde la presencia española brilló por su ausencia.
Es urgente un cambio de rumbo en la estrategia diplomática española, que recupere la voz y la presencia activa en los espacios donde se define el futuro de Europa. Solo así podremos aspirar a recuperar el prestigio y la influencia que España ha ido perdiendo en los últimos años por la inacción y la falta de liderazgo de sus responsables actuales. Resulta imprescindible replantear la estructura de la política exterior, aprovechar el potencial de figuras institucionales como la del rey, tradicionalmente activo en el ámbito internacional, y construir alianzas que permitan a España volver a ser un actor relevante en el escenario europeo. De no hacerlo, el país corre el riesgo de quedar marginado de las grandes decisiones que moldearán el continente en los próximos años, con consecuencias directas para la economía y el futuro de la ciudadanía.
En este contexto resulta llamativo y preocupante que, la diplomacia española desaproveche uno de sus recursos más valiosos: la figura del rey. Históricamente, la monarquía española ha sido reconocida como un activo de primer orden para tender puentes, abrir puertas y reforzar la presencia exterior del país. La neutralidad institucional, el prestigio acumulado y las relaciones personales forjadas durante décadas convierten al monarca en un embajador de excepción capaz de acceder a escenarios donde la política partidista encuentra restricciones o resistencias.
Sin embargo, la estrategia actual tiende a relegar y arrinconar al rey, limitando su agenda internacional y su margen de maniobra, desaprovechando así oportunidades clave para fortalecer la posición española en el mundo. Esta actitud responde, en parte, a una visión estrecha y cortoplacista de la política exterior, donde el protagonismo se concentra en figuras gubernamentales que carecen, en ocasiones, del mismo alcance o reconocimiento fuera de nuestras fronteras.
El resultado es una política diplomática empobrecida, que renuncia voluntariamente a uno de sus mejores instrumentos para ganar influencia, tejer alianzas y defender intereses nacionales. Recuperar el papel del rey en la acción exterior no debe entenderse como una concesión simbólica, sino como una apuesta estratégica para que España vuelva a contar con todos sus recursos en el tablero internacional. Es momento de repensar la estructura y los objetivos de la diplomacia nacional, y de volver a confiar en quienes, por historia y función, pueden servir de catalizadores para la proyección global de nuestro país.
