El ataque ha dado lugar a una respuesta por parte del régimen teocrático y ha generado un ciclo de hostilidades que se ha extendido a través de toda la región, afectando gravemente el funcionamiento de sus economías y el suministro de energía. En el momento de escribir, el estrecho de Ormuz, por el que transita cerca de la quinta parte del comercio mundial de hidrocarburos, está prácticamente cerrado, y el transporte de mercancías se ha reducido drásticamente en toda la zona. Subida de la energía, pero menos acusada que tras la invasión de Ucrania
El conflicto ha traído consigo un encarecimiento abrupto de los precios energéticos, particularmente del gas, componente crucial del proceso de producción de electricidad. Desde el viernes de la semana pasada, el barril de Brent cotiza un 14% más caro, y el Mibgas, referencia del mercado ibérico del gas, se ha incrementado un 48%. Con todo, la reacción de los mercados ha sido menos virulenta que en 2022, cuando Rusia invadió Ucrania, desencadenando una crisis energética. En ese momento el petróleo llegó a cotizar por encima de los 180$, más del doble de la cotización observada a día de hoy, y el Mibgas escaló hasta los 200 euros, cuatro veces más de lo que vale en la actualidad. Otro factor favorable en comparación con la guerra de Ucrania es la menor dependencia de Europa con respecto al abastecimiento de gas procedente del Golfo. Qatar solo aporta el 1,7% del gas importado por España, con datos de 2025 (un valor similar al registro del conjunto de la UE). Entre los principales países de origen, destacan Argelia, con un 34,6%, seguido muy de cerca de Estados Unidos, con un 30%, casi el doble que un año antes.
Otros mercados también se han tensionado en los últimos días, como es el caso de los fertilizantes, con un ascenso del 24% en comparación con la semana pasada (gráfico 3): un resultado que se explica por el peso de los países del golfo en el abastecimiento mundial de estos productos, que son cruciales para la producción agroalimentaria. Pese a este intenso crecimiento, el precio de los fertilizantes no ha alcanzado los máximos de la crisis energética de Ucrania, si bien la brecha es menor que en el caso de los hidrocarburos.
Es pronto para detectar el impacto de los movimientos de los mercados en la inflación. Repostar combustible cuesta ya 10 céntimos más que la semana pasada, una variación todavía limitada. En cuanto a la electricidad, el PVPC se sitúa en lo que va de mes un 13% por encima de la media del mes pasado, sin que se pueda todavía determinar si ese incremento se debe a las fluctuaciones recientes de los mercados internacionales, o a otros factores, como la climatología. En todo caso, se observa una correlación entre la variación del precio del gas y el PVPC
De manera general, el incremento del precio del petróleo impacta en el IPC a través de su efecto sobre el precio de los combustibles (gasolina y gasóleo de automoción), mientras que el precio del gas natural, tomando como mercado de referencia el Mibgas, repercute en dos componentes del IPC: el gas natural para uso doméstico y la electricidad. Así, teniendo en cuenta las correlaciones históricas (véase el anexo), se puede estimar que un incremento del 10% del precio del petróleo añade una décima de IPC, y una subida del 10% del precio del gas redunda en una subida del índice de precios de igual magnitud.
A partir de estas elasticidades, es posible esbozar una senda escenario central, dependiendo de las dos claves que son la duración del conflicto y su severidad. La economía mundial dispone de colchones para aguantar el cierre del estrecho de Ormuz durante un tiempo limitado: el volumen de hidrocarburos almacenados en los países importadores, o la disponibilidad de una capacidad productiva rápidamente movilizable en los países productores alejados de la zona de conflicto, permiten amortiguar los efectos de una interrupción transitoria del abastecimiento. Una conflagración prolongada, sin embargo, agotaría esos colchones y entrañaría una desorganización de la cadena productiva, con importantes consecuencias sobre los precios, como ha sido el caso de la guerra de Ucrania. Varios argumentos apuntan a que, en esta ocasión, la contienda estará acotada en el tiempo. En primer lugar, el arsenal militar de Irán se ha visto fuertemente debilitado por la magnitud de los ataques, si bien todavía dispone de una importante reserva de drones con una capacidad de destrucción significativa (y un bajo coste, cercano a 30.000$ por unidad).
De manera general, el incremento del precio del petróleo impacta en el IPC a través de su efecto sobre el precio de los combustibles (gasolina y gasóleo de automoción), mientras que el precio del gas natural, tomando como mercado de referencia el Mibgas, repercute en dos componentes del IPC: el gas natural para uso doméstico y la electricidad. Así, teniendo en cuenta las correlaciones históricas (véase el anexo), se puede estimar que un incremento del 10% del precio del petróleo añade una décima de IPC, y una subida del 10% del precio del gas redunda en una subida del índice de precios de igual magnitud.
A partir de estas elasticidades, es posible esbozar una senda escenario central, dependiendo de las dos claves que son la duración del conflicto y su severidad. La economía mundial dispone de colchones para aguantar el cierre del estrecho de Ormuz durante un tiempo limitado: el volumen de hidrocarburos almacenados en los países importadores, o la disponibilidad de una capacidad productiva rápidamente movilizable en los países productores alejados de la zona de conflicto, permiten amortiguar los efectos de una interrupción transitoria del abastecimiento. Una conflagración prolongada, sin embargo, agotaría esos colchones y entrañaría una desorganización de la cadena productiva, con importantes consecuencias sobre los precios, como ha sido el caso de la guerra de Ucrania. Varios argumentos apuntan a que, en esta ocasión, la contienda estará acotada en el tiempo. En primer lugar, el arsenal militar de Irán se ha visto fuertemente debilitado por la magnitud de los ataques, si bien todavía dispone de una importante reserva de drones con una capacidad de destrucción significativa (y un bajo coste, cercano a 30.000$ por unidad).
El encarecimiento de los productos energéticos se traslada a la cesta de la compra de forma directa e inmediata a través de su impacto sobre los precios de los combustibles y de la electricidad. Supone, además, un aumento en los costes de producción, que serían trasladados a lo largo de la cadena de producción hacia el consumidor final. El encarecimiento de la cesta de la compra retraería el avance del consumo privado, principal motor de crecimiento en el corto plazo. También las exportaciones se verían afectadas por el impacto negativo sobre la actividad económica en el resto de países. Otra vía de transmisión sería el turismo, que se resentiría del encarecimiento de los viajes en avión y del impacto general de la inflación sobre la capacidad adquisitiva de los visitantes –aunque es posible que este efecto fuera compensado, parcialmente, por el aumento del atractivo de nuestro país frente a otros destinos competidores cercanos a Oriente Medio, que podrían ser percibidos como más inseguros–. Una posible última vía de transmisión sería la inversión, ya que muchas decisiones podrían paralizarse o posponerse como resultado de la incertidumbre. La suma de todos estos efectos –teniendo también en cuenta un pequeño efecto compensatorio por el menor crecimiento de las importaciones– podría restar al PIB unas dos décimas de crecimiento en 2026. El impacto sería, por tanto, limitado. No obstante, si la contienda se prolongara por más tiempo, o si se destruyeran instalaciones e infraestructuras clave dando lugar a disrupciones importantes en los flujos de productos energéticos –petróleo, gas, o derivados– el escenario sería significativamente más negativo.
