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  Opinión  Firmas  GUERRA CONTRA IRAN y la opinión de los expertos
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GUERRA CONTRA IRAN y la opinión de los expertos

Opinión de los expertos sobre el conflicto de Estados Unidos e Israel con Irán, y el posible impacto en la economía global y las bolsas.

Varios autores and Varios autoresVarios autores and Varios autores—3 de marzo de 20260
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José Manuel Marín Cebrián, economista y fundador de Fortuna SFP


Lejos de un repliegue estratégico, Estados Unidos parece estar redefiniendo su forma de ejercer influencia global. Más que aislamiento, emerge un modelo de poder más explícito y transaccional: un “imperialismo 2.0” donde los instrumentos no son tanto los consensos multilaterales como los aranceles, las sanciones, el dólar y, sobre todo, la energía.
La política exterior adopta una lógica financiera. No se trata únicamente de posicionamiento geopolítico, sino de gestión de balances. El trasfondo es fiscal: EE. UU. afronta la refinanciación de aproximadamente 10 billones de dólares en un entorno de tipos elevados. En este contexto, la variable crítica no es el crecimiento, sino el coste medio de la deuda.
Desde esta perspectiva, la conexión entre geopolítica y mercado energético cobra pleno sentido. Moderar el precio del petróleo ayudaría a contener la inflación, facilitaría un descenso del IPC y, en consecuencia, ampliaría el margen para una relajación monetaria que abarate la refinanciación del Tesoro. El planteamiento es técnicamente coherente, pero no exento de riesgos: los mercados no siempre responden a incentivos políticos y la Reserva Federal protege su credibilidad con autonomía.
En este marco, episodios como la crisis venezolana o el reciente ataque de Irán deben interpretarse como catalizadores sistémicos más que como hechos aislados. El mecanismo de transmisión es claro: la tensión geopolítica impulsa el crudo; el crudo presiona la inflación; la inflación condiciona a los bancos centrales; y la política monetaria redefine la valoración de los activos.
El encarecimiento energético actúa como un impuesto silencioso que se filtra por toda la economía (transporte, industria, cadena alimentaria) erosionando márgenes empresariales y poder adquisitivo. El verdadero riesgo no es un repunte puntual de inflación, sino la alteración de expectativas en un entorno ya tensionado. La amenaza de estanflación vuelve a entrar en el radar del mercado.

Para la Reserva Federal, el desafío no es únicamente decidir si recorta tipos en 2026, sino gestionar la pérdida de visibilidad. Cuando el coste del dinero deja de ser predecible, la volatilidad se convierte en estructural. En ese contexto, los sectores más sensibles al tipo de descuento (tecnología y compañías growth) sufren revisiones automáticas de valoración. La matemática financiera es clara: tipos más altos reducen el valor presente de beneficios futuros. El mercado se vuelve selectivo y penaliza múltiplos exigentes sin respaldo sólido.
Paralelamente, resurgen los activos refugio. El oro recupera su papel como instrumento de preservación de valor sin riesgo de contrapartida. La plata, con mayor volatilidad y componente industrial, amplifica las señales de tensión. No compiten por rentabilidad, sino por estabilidad en un entorno donde la percepción de fragilidad del sistema financiero aumenta.
El conflicto con Irán no ha generado por sí mismo la vulnerabilidad del sistema; la ha expuesto. El trasfondo es un entorno global sobreapalancado y dependiente de la capacidad de los bancos centrales para amortiguar cualquier disrupción. Cuando la deuda soberana marca el ritmo, la geopolítica se adapta a las necesidades de financiación.
En esta fase del ciclo, la rentabilidad deja de centrarse en maximizar exposición y pasa a enfocarse en preservar capital con disciplina. Más que un cambio coyuntural, asistimos a una transición donde la financiación pública condiciona la estrategia internacional y redefine la asignación global de activos.

César Sala Gamero, CEO y presidente de Tesys AF SGIIC


En los mercados financieros, la duda no es una anomalía; es una constante. Cada ciclo económico atraviesa fases de incertidumbre en las que confluyen desaceleración, tensiones geopolíticas, inflación persistente o cambios en las políticas monetarias. En estos entornos, el patrón suele repetirse: aumenta el ruido, el mercado corrige y el sentimiento se deteriora.
La reciente intervención militar de Estados Unidos e Israel en Irán ha intensificado esa incertidumbre y ha provocado caídas generalizadas en las bolsas. Sin embargo, desde una perspectiva histórica, los episodios de mayor escepticismo suelen coincidir con momentos en los que las valoraciones se ajustan y mejoran las expectativas de rentabilidad futura para el inversor de largo plazo.

La clave es distinguir entre cambios estructurales en el valor intrínseco de los negocios y movimientos emocionales en sus cotizaciones. La pregunta relevante no es únicamente qué está ocurriendo hoy en el plano geopolítico, sino si esos acontecimientos alteran de forma permanente la capacidad de las compañías para generar beneficios en los próximos cinco o diez años. Invertir no consiste en comprar compañías simplemente porque cotizan a múltiplos bajos, sino en analizar la sostenibilidad de sus ventajas competitivas, sus riesgos (incluidos los tecnológicos y regulatorios) y su capacidad de creación de valor a largo plazo en relación con el precio pagado.
En entornos de mayor incertidumbre, con frecuencia la decisión más racional es no hacer cambios drásticos si las empresas en cartera continúan ejecutando adecuadamente sus planes de negocio. La gestión patrimonial exige serenidad y disciplina. Los rebalanceos forman parte del proceso habitual, siempre con el objetivo de mantener una cartera coherente con los riesgos asumidos y el horizonte temporal del inversor.
Las correcciones no responden a fragiidades en los negocios ni a que las compañías hayan dejado de ser viables de un día para otro. En muchas ocasiones reflejan simplemente un ajuste emocional del mercado ante nuevas incertidumbres. Para el inversor paciente, estos episodios pueden representar oportunidades para reforzar posiciones en activos de calidad a valoraciones más atractivas.
La creación de valor sostenible no depende de evitar las caídas, sino de mantener la coherencia estratégica, revisar constantemente las tesis de inversión y gestionar el capital con disciplina. Convertir la incertidumbre en oportunidad exige método, no impulsividad.

Jeffrey Cleveland, economista jefe de Payden & Rygel


Los ataques aéreos de Estados Unidos e Israel contra Irán durante el fin de semana han reavivado la tensión en una región clave para el equilibrio energético y financiero global. Sin embargo, desde una perspectiva macroeconómica y de mercado, no es evidente que este giro geopolítico implique automáticamente un cambio en las perspectivas fundamentales.
De hecho, históricamente, las crisis geopolíticas tienden a producir reacciones inmediatas, pero a menudo de corta duración, en los mercados. La incertidumbre inicial alimenta la volatilidad y las correcciones, pero una vez que la situación se estabiliza, incluso sin una resolución completa del conflicto, los inversores tienden a reabsorber el evento y a volver a centrar su atención en los fundamentos económicos. En este sentido, las fases de debilidad pueden convertirse en oportunidades de compra, especialmente para quienes mantienen un horizonte a medio-largo plazo.
El verdadero canal de transmisión macroeconómica sería la energía, y en particular las posibles interrupciones prolongadas en el flujo de petróleo a través del estrecho de Ormuz, enclave estratégico para el comercio mundial de crudo. No obstante, solo una parte relativamente pequeña, alrededor del 2 %, del petróleo que transita por esta vía se destina a Estados Unidos. Esto no significa que el riesgo sea insignificante a nivel mundial, pero sugiere que el impacto directo en la economía estadounidense podría ser más limitado de lo que la reacción inicial del mercado podría anticipar.
Otro elemento a tener en cuenta es la diferente sensibilidad de las clases de activos. Las tensiones geopolíticas suelen afectar con mayor intensidad a las renta variable, aumentando la volatilidad y comprimiendo temporalmente las valoraciones, mientras que la renta fija, especialmente los bonos de alta calidad, tienden a beneficiarse de los flujos hacia activos refugio. En otras palabras, la reacción no es uniforme: la turbulencia se concentra principalmente en la renta variable, mientras que los bonos pueden ofrecer una estabilización parcial de las carteras.
Por último, para modificar sustancialmente el escenario macroeconómico básico sería necesario que se produjera un cambio estructural y duradero en los precios de la energía. Solo una subida prolongada del petróleo, que afectara de manera significativa al consumo, los costes de producción y los márgenes empresariales, justificaría una revisión profunda de las perspectivas de crecimiento e inflación. Incluso en un escenario adverso, el encarecimiento sostenido del crudo tendría más probabilidades de actuar como freno al crecimiento, riesgo bajista para el ciclo, que como detonante de un nuevo régimen inflacionista estructural.

En resumen, pese a la gravedad del contexto geopolítico, conviene evitar conclusiones precipitadas: no toda escalada política se traduce necesariamente en una crisis macroeconómica duradera.

Bruno Parraguez, analista de inversiones de Acacia Inversión


La estabilidad geopolítica ya no puede darse por sentada. Confluyen tensiones en Oriente Medio, el Mar Rojo, Ucrania, el Sahel o Myanmar, Venezuela. Ya no vivimos en un orden internacional estable y predecible, sino en un sistema en transición, cada vez más fragmentado y sometido a tensiones recurrentes. En este contexto, la geopolítica deja de ser un riesgo de cola y pasa a convertirse en una variable estructural del ciclo económico que debemos analizar los gestores de inversiones.
Muchos de los conflictos se localizan en zonas clave para el comercio global y el suministro de recursos estratégicos. Las rutas marítimas del Mar Rojo, por ejemplo, han sido objeto de ataques en los últimos años, forzando desvíos hacia rutas más largas e ineficientes, con un impacto directo en costes logísticos. En Oriente Medio, el conflicto entre Estados Unidos e Irán y el riesgo permanente asociado al Estrecho de Ormuz continúan actuando como un factor estructural de incertidumbre para los mercados energéticos.
Este entorno de fragmentación geopolítica ayuda a explicar otro fenómeno clave de los últimos años: el rally de los metales preciosos, en particular del oro. Su revalorización no responde únicamente a factores clásicos como la inflación o su atributo de activo refugio, sino a una creciente desconfianza en el orden monetario y financiero internacional. La utilización de sanciones, la incautación de activos soberanos y la politización del sistema financiero han llevado a muchos bancos centrales, especialmente en países emergentes, a reforzar sus reservas de oro físico. En un mundo cada vez más multipolar, el oro vuelve a percibirse como un activo neutral, ajeno al riesgo político y al control de cualquier potencia concreta.

En un sistema internacional más inestable, donde el equilibrio de poder es frágil y las reglas ya no son universales, los activos reales vuelven a funcionar como anclas de valor y como herramientas de protección frente a riesgos que ya no son excepcionales, sino estructurales.

Lazard


Ormuz: el cuello de botella energético que puede reordenar la economía global
Una interrupción del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20 % del crudo mundial (unos 20 millones de barriles diarios) y volúmenes clave de GNL, tendría un impacto inmediato y asimétrico sobre la economía global. Aunque no se ha producido un cierre total, los mercados ya descuentan mayor riesgo: el Brent ha subido cerca de un 9 % hasta los 79 dólares por barril, los futuros del S&P 500 han retrocedido más del 1 % y los precios europeos del gas y del GNL spot han repuntado con fuerza tras las interrupciones en Catar.
Un bloqueo sostenido podría llevar el petróleo hacia la zona de 100-110 dólares por barril, o incluso por encima, dada la naturaleza sistémica del riesgo. Las rutas alternativas no compensan plenamente el tránsito habitual de Ormuz, y la capacidad excedentaria de la OPEP+ (estimada en 3-5 mb/d) sería insuficiente ante un cierre prolongado.
El impacto sería desigual. Asia es la región más expuesta (80-85% de los flujos por Ormuz se dirigen allí). China vería afectado casi el 40 % de sus importaciones de crudo; Japón depende del Golfo para cerca del 80% de su suministro. Europa es vulnerable vía GNL catarí (10-15% de sus importaciones). En términos macro, un petróleo en 110 dólares podría elevar la inflación estadounidense hacia el 4%, presionar la inflación europea por encima del 3% y restar hasta medio punto de crecimiento a China.
Más allá del petróleo y el gas, Ormuz es también un corredor clave para fertilizantes y productos petroquímicos, lo que amplificaría las disrupciones en cadenas agrícolas e industriales. Para los países del Golfo, altamente dependientes del tránsito por el estrecho, el riesgo no es solo fiscal: una escalada prolongada dañaría sectores estratégicos como el turismo y la inversión extranjera, pilares de sus planes de diversificación económica.
En síntesis: Ormuz no es solo un riesgo energético, sino un factor potencial de presión inflacionista global, volatilidad financiera y reconfiguración geoeconómica si la crisis se prolonga.

Franco Macchiavelli, analista de mercados


El riesgo no radica en la guerra en sí misma, sino en la escalada y la interrupción del flujo energético global, no solo hablamos de Petróleo, sino también de Gas Natural y alimentos. Si esto se produce y se mantiene en el tiempo, el escenario puede volverse muy contractivo. Hablaríamos de un shock de oferta inmediato con impacto directo sobre la inflación global.

Tres escenarios:
En el primero de ellos, contemplamos un tensionamiento sin interrupción real del suministro, lo que mantendría el crudo relativamente bajo, aunque es el escenario de menor posibilidad dada las circunstancias y última hora.
El escenario intermedio baraja una salida del crudo iraní del mercado, lo que llevaría al petróleo a un escenario de 75-80 dólares, al ser considerado el cuarto mayor productor de petróleo de la OPEP.
El escenario extremo consistiría en un bloque efectivo y prolongado del estrecho, con precios potencialmente por encima de los 110 dólares, generando un nuevo impulso inflacionario y retrasado cualquier relajación monetaria tanto en EEUU como en Europa.

Gandores y perdedores:
En cuanto al mercado, los ganadores en un entorno de escalada prolongada y progresiva serían las compañías petroleras y energéticas tradicionales, un buen ejemplo de ello es Repsol, que tras la superación de la resistencia clave de 14 euros por acción y el impulso del conflicto entre EEUU y Venezuela, salió claramente favorecida. Seguiría siendo protagonista en este contexto.
Además de Repsol, dos compañías europeas con interesante exposición serían TotalEnergies y Eni. Ambas son petroleras integradas, con fuerte generación de caja, defensivas y diversificación geográfica, lo que les permite capturar el impulso de un repunte del crudo y gas sin depender de una sola región. Combinan negocio tradicional y refino con inversiones crecientes en materia de transición energética, lo cual refuerza el punto de fortaleza y resiliencia.
El impulso vertical de inicios de semana en todas ellas exige prudencia en cuanto a posicionamiento, sin embargo, el hecho de que mantengan niveles de tendencia y ofrezcan eventuales descansos o correcciones, se podría traducir en oportunidades interesantes de entrada.

Los perdedores en cuanto a renta variable incluyen todo tipo de activos de riesgo o con más exposición a la incertidumbre: Bitcoin, sector tecnológico, financiero y consumo discrecional.Más allá de compañías, metales como oro y plata vuelven a poner encima de la mesa su papel esencial en los contextos actuales, los factores que respaldan la subida de ambos metales no han desaparecido pese a la corrección abrupta vivida a finales de enero. La prima geoestratégica siempre formó parte de esa tesis, y hoy lo vemos reflejado.
Los tramos cortos de renta fija serán otro indicador clave del avance de la escalada, siendo uno de los principales refugios junto al dólar.

Factores a vigilar:
No obstante, conviene recordar que la historia y estadística demuestran que los mercados suelen reaccionar con caídas en momentos iniciales de shocks geopolíticos, pero tienden a recuperarse más pronto que tarde, especialmente si no se produce una ruptura estructural del comercio global.
El patrón depende menos de la intensidad militar y más de la duración e impacto logístico.
Cabe destacar que este conflicto no es estrictamente bilateral. Aproximadamente tres cuartas partes del crudo que produce Irán va a parar a Asia, concretamente China, que es comprador principal de petróleo iraní como potencia estratégica.
En estos momentos, además del foco en Ormuz, los principales factores a vigilar incluyen la evolución de las primas de seguros marítimos (que suelen anticipar el movimiento del crudo), nuevos despliegues navales estadounidenses en la región, la posible intensificación de ataques a buques en el Mar Rojo, la postura de China y Rusia, así también como la próxima cumbre bilateral entre Estados Unidos y China el próximo 31 de marzo.

 

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