La relación entre el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el rey Felipe VI ha estado marcada por episodios de desencuentro y tensiones institucionales desde el inicio de la legislatura. Aunque ambos han mostrado en público gestos de cordialidad y respeto institucional, los desacuerdos han surgido principalmente en torno a cuestiones como la gestión de la crisis catalana, la renovación de cargos judiciales y la transparencia en temas de la Casa Real.
Uno de los momentos más notables fue la polémica sobre la no presencia del rey en la entrega de despachos a nuevos jueces en Barcelona en 2020, decisión que generó críticas y acusaciones de presión política. Además, ha habido diferencias sobre la reforma constitucional y el papel de la monarquía en la España actual, lo que ha alimentado el debate público y evidenciado las distintas posturas entre el Ejecutivo y la Corona.
A pesar de estos desencuentros, ambos líderes han tratado de mantener la estabilidad institucional y evitar que las diferencias personales o políticas afecten el normal funcionamiento del Estado. Sin embargo, los matices y las tensiones siguen presentes, reflejando el complejo equilibrio entre el Gobierno y la Jefatura del Estado en la España del siglo XXI.
La decisión de Pedro Sánchez de ausentarse de la Pascua Militar este martes, 6 de enero, ha generado un intenso debate sobre el respeto institucional y la relevancia internacional del presidente. Tradicionalmente, este acto simboliza la unión y el compromiso del Gobierno con la Corona y las Fuerzas Armadas, y su ausencia rompe una tradición de 244 años, siendo la primera vez en democracia que un jefe del Ejecutivo no asiste a la ceremonia.
La justificación oficial apunta a su participación en la cumbre de la Coalición de Voluntarios sobre Ucrania en París. Sin embargo, el análisis de la relevancia de dicha cita internacional sugiere que España no desempeña un papel central en las negociaciones ni en la toma de decisiones clave. Esto lleva a interpretar su ausencia como un gesto de desdén institucional hacia el rey, las Fuerzas Armadas y la ciudadanía española.
Más allá de la agenda internacional, la política exterior de Sánchez ha mostrado una divergencia significativa respecto a sus aliados europeos. Su reciente posicionamiento junto a gobiernos latinoamericanos de izquierda para rechazar la intervención estadounidense en Venezuela lo distancia de la línea marcada por la Unión Europea, que aboga por una transición democrática negociada en ese país.
La Pascua Militar, más que un acto ceremonial, representa la armonía civil e institucional y el compromiso democrático con las Fuerzas Armadas. La ausencia del presidente, motivada por su falta de sintonía con la monarquía y su relación de desconfianza mutua con la Corona, convierte la ceremonia en un momento incómodo y evidencia una crisis institucional mayor.
En definitiva, la decisión de Sánchez no solo debilita la imagen institucional del Gobierno, sino que refleja una pérdida de rumbo en la política nacional e internacional. La prioridad dada a una cita secundaria en París sobre una tradición fundamental en Madrid pone en cuestión su capacidad para distinguir entre lo urgente y lo importante, y deja a las instituciones españolas en una posición vulnerable ante la falta de liderazgo.
