Sin embargo, la realidad apunta en sentido contrario. Lo que emerge es una forma renovada de proyección de poder: un imperialismo 2.0, más explícito, más transaccional y con menor apego al consenso internacional.
La lógica es clara: cuando el liderazgo multilateral pierde eficacia, el poder se ejerce a través del precio. Aranceles como instrumento de negociación, sanciones como palanca política, el dólar como vector de influencia y la energía como activo estratégico permanente. No se trata solo de símbolos o banderas; se trata de balances.
Aranceles: proteccionismo con efectos inflacionarios
Presentados como una defensa de la industria nacional, los aranceles funcionan en la práctica como un impuesto indirecto que acaba trasladándose al consumidor. El resultado es inflación importada, con impacto directo sobre los índices de precios, salvo que se active una segunda fase del plan económico.
Geopolítica de recursos: Venezuela, Groenlandia y algo más
Las referencias recurrentes a territorios estratégicos no responden tanto a impulsos ideológicos como a criterios de inventario económico. Energía, rutas comerciales, materias primas críticas. La política exterior se articula como una gestión de activos, donde el mapa se convierte en una lista de prioridades económicas.
China: rival estructural
La confrontación con China sigue siendo el eje central del equilibrio global: tecnología, cadenas de suministro y hegemonía monetaria. Ambos actores saben que el juego es de suma cero. Sin embargo, el principal riesgo para Estados Unidos no está fuera, sino dentro.
El verdadero factor de presión: la deuda
Estados Unidos afronta la necesidad de refinanciar aproximadamente 10 billones de dólares en un contexto de tipos de interés elevados. Refinanciar deuda en este entorno supone un desafío significativo para la sostenibilidad fiscal. El foco no está en el crecimiento o el empleo, sino en el coste del cupón.
Aquí se articula una estrategia económica coherente, aunque arriesgada:
1. Presionar a la baja los precios del petróleo.
2. Reducir los costes energéticos para moderar la inflación.
3. Forzar un descenso del IPC.
4. Limitar el margen de la Reserva Federal para mantener tipos elevados.
5. Refinanciar deuda a un coste inferior y mejorar, al menos temporalmente, las cuentas públicas.
El planteamiento es técnicamente sofisticado, pero conlleva riesgos evidentes. Los mercados no siempre responden a los guiones políticos y los bancos centrales, aunque sometidos a presión, preservan su credibilidad. Si la Reserva Federal percibe interferencia política, puede endurecer su postura en lugar de flexibilizarla.
Mercados financieros: complacencia selectiva
Mientras tanto, los mercados parecen centrarse en otras narrativas: inteligencia artificial, productividad futura y eficiencia empresarial. La renta variable avanza apoyada en expectativas, a la espera de que el aumento del CAPEX se traduzca en beneficios reales. El dólar muestra debilidad, mientras que el oro y la plata actúan como activos refugio. Las señales están ahí.
Europa observa con una mezcla de escepticismo y resignación. China opta por la paciencia estratégica y refuerza reservas. Y el inversor global intenta diferenciar entre estrategia estructural y espectáculo político.
En conclusión, este no es un retorno al imperialismo por nostalgia histórica, sino una respuesta contable a un problema fiscal. Cuando la deuda marca el ritmo, la geopolítica se adapta. Y cuando el objetivo es refinanciar a menor coste, el resto de decisiones actúan como elementos auxiliares. Más allá del ruido, conviene mantener el foco: diversificación, cobertura frente a inflación y una clara distinción entre corto y largo plazo. Porque hoy el anuncio es What else?…pero mañana, cuando el mercado pase factura, la pregunta será otra: ¿quién paga el café?
