Un conflicto relativamente corto (menos de un mes), aunque alteraría las rutas de transporte y el aprovisionamiento de crudo y gas, no llegaría a paralizar de manera significativa las industrias, por lo que el impacto agregado, a nivel de crecimiento e inflación, sería marginal. Los movimientos de mercados se revertirían rápidamente.
Es, en estos momentos, nuestro escenario central.
Por el contrario, un alargamiento del conflicto tendría consecuencias negativas, mayores cuanto más se alargue el conflicto o cuantos más actores intervengan. El impacto en PIB e inflación podrían cobrar cierta relevancia. Y difícilmente podría llegar el auxilio de unos Bancos Centrales con poco margen para bajar tipos si es que la inflación repunta. Pensando en posibles aliados de Irán, cuesta pensar en el auxilio por parte de Rusia, “entretenida” en su guerra frente a Ucrania. ¿Y China? Pensamos que, más allá de la retórica condenatoria sobre el ataque, se mantendrá al margen, a pesar de que se ve muy perjudicada por la interrupción del tránsito por Ormuz. Si su posición cambiara, hacia una más activa, hablaríamos de un escenario mucho más imprevisible y peligroso.
¿Qué interesa a Trump?
Con dudas sobre el interés real de su participación, sabemos qué es lo que no le interesa. Y, por supuesto, no le interesa un conflicto largo que cause bajas importantes entre sus ciudadanos. Con una popularidad menguada, un escenario de este tipo les daría una victoria segura a los demócratas en las elecciones de mitad de mandato (“midterm”) de otoño. Además, el impacto en la actividad económica sería relevante, con caídas abultadas en las bolsas (que mermarían la capacidad del consumidor estadounidense). Así que, está claro, a Trump le conviene un escenario corto con resolución “aparentemente” favorable a sus intereses. Es decir, le sirve que un nuevo líder iraní (aunque realmente se sostenga el “régimen”) diga que van a negociar y a dejar de enriquecer uranio. Para ello, van a bombardear masivamente de inicio, para doblegar la resistencia lo más rápidamente posible.
Actuaciones en cartera. El mundo contempla una nueva guerra de cierto calado. Esto, siempre, es sinónimo de incertidumbre, y los mercados lo recogen con movimientos de aversión al riesgo. La respuesta del lunes fue de relativa calma, si bien en los días siguientes las pérdidas bursátiles son ya más abultadas. El mercado empieza a dudar que el conflicto sea corto y no deje daños reseñables. Precisamente el aumento de la volatilidad es la reacción habitual en cada escenario de este tipo; si bien todos estos escenarios son diferentes, es el patrón humano el que se repite, con el aumento súbito de su aversión al riesgo. Nuestro escenario central es de una duración relativamente corta. Por ello, en la creencia de que los movimientos de mercado (especialmente las caídas bursátiles) se verían revertidos en un corto plazo de tiempo, hemos decidido no actuar, de momento, en las carteras gestionadas. Como decía San Ignacio de Loyola, “en tiempos de tribulación no hay que hacer mudanza”. La historia demuestra que lo mejor, cuando no se tiene claro el desenlace, es mejor no salirse del mercado, presa del pánico. Ejemplos claros hemos tenido en estos últimos años (pandemia, guerra en Ucrania…).
