En esta ocasión, uno de los principales factores que presionan al alza los precios de la electricidad en Estados Unidos es la creciente demanda asociada a la inteligencia artificial (IA). Ante este contexto, algunos defienden la necesidad de reducir el consumo energético en lugar de destinar grandes cantidades de electricidad a aplicaciones como los chatbots o los sistemas de IA. Sin embargo, la historia demuestra que el progreso humano siempre ha ido acompañado de un mayor consumo de energía. Producir más, innovar y elevar el nivel de vida ha requerido, de forma constante, más recursos energéticos. Renunciar a esta dinámica supondría limitar las perspectivas de crecimiento futuro e incluso condenar a parte de la población mundial a niveles de bienestar inferiores.
Durante los últimos dos siglos, el consumo de energía per cápita y el PIB per cápita han seguido trayectorias sorprendentemente paralelas en Estados Unidos. No obstante, a partir de la década de 2000, el consumo energético se estabilizó, coincidiendo con una desaceleración del crecimiento económico respecto a las tendencias históricas. Si bien se han logrado avances relevantes en eficiencia energética, la ausencia de mejoras sustanciales adicionales ayuda a explicar la percepción generalizada de estancamiento económico de las últimas décadas.
En este contexto, la energía nuclear emerge como una alternativa capaz de combinar crecimiento económico y sostenibilidad. Para valorar adecuadamente su potencial, conviene abordar las principales objeciones históricas. Una de ellas tiene que ver con su origen: las primeras aplicaciones a gran escala estuvieron vinculadas al ámbito militar, un legado que ha lastrado su imagen pública. Los accidentes más conocidos han reforzado esta desconfianza, pese a que en muchos casos fueron consecuencia de fallos de gestión o de fenómenos naturales extremos, más que de limitaciones inherentes a la tecnología. Aun así, su impacto mediático ha sido considerable y ha contribuido a frenar la construcción de nuevas centrales.
Desde una perspectiva comparativa, la energía nuclear se sitúa, sin embargo, entre las fuentes de generación más seguras, incluso frente a otras tecnologías consideradas “verdes”. Además, al igual que otras fuentes de bajas emisiones, no genera dióxido de carbono durante la producción de electricidad y presenta una huella medioambiental relativamente reducida. Los residuos nucleares ocupan volúmenes limitados y ciertas tecnologías permiten incluso reutilizar parte del combustible. Conviene recordar que otras energías renovables también generan residuos complejos de gestionar, incluidos materiales potencialmente contaminantes.
En términos de uso del suelo, la energía nuclear resulta especialmente eficiente. Una central típica requiere aproximadamente una milla cuadrada de superficie, mientras que para generar la misma cantidad de electricidad la energía eólica necesita entre 260 y 360 veces más terreno, y la solar entre 45 y 75 veces más. Esta eficiencia libera espacio para otros usos estratégicos, como infraestructuras digitales o plantas de reciclaje.
Aún más relevante es su capacidad para garantizar una producción constante y fiable. En 2023, las centrales nucleares representaban en torno al 8 % de la capacidad eléctrica instalada en Estados Unidos, pero aportaban cerca del 18 % de la electricidad total generada. Esto se debe a factores de capacidad superiores al 90 %, frente al 25-35 % de la energía eólica y el 20-25 % de la solar, mucho más dependientes de las condiciones meteorológicas.
Una de las críticas más habituales se refiere a los elevados costes iniciales y a los largos plazos de construcción. Actualmente, el coste nivelado de la energía nuclear en Estados Unidos se sitúa entre dos y cinco veces por encima del de las centrales de gas natural, y aproximadamente duplica el de la energía solar y eólica. Los plazos de construcción oscilan entre cinco y diez años, a lo que se añaden procesos regulatorios especialmente complejos. No obstante, las perspectivas a largo plazo son más alentadoras. El coste del combustible nuclear por megavatio-hora se redujo en más de un 40 % entre 2012 y 2023, con una volatilidad muy inferior a la del petróleo y el gas.
La experiencia demuestra, además, que la estandarización y la construcción a gran escala permiten importantes economías de escala: las centrales con varias unidades o ubicadas en un mismo emplazamiento resultan significativamente más eficientes en términos de costes. Las tecnologías emergentes, como los reactores modulares pequeños, prometen reducir aún más la inversión inicial. A escala internacional, China ha mostrado que un programa nuclear amplio y continuado puede abaratar de forma notable los costes: en la última década ha construido más de 50 reactores y el coste por vatio se estima hoy en torno a una octava parte del de proyectos comparables en Estados Unidos.
El sistema energético mundial sigue siendo vulnerable y depende en gran medida de un número reducido de recursos petrolíferos concentrados en pocas regiones. En este sentido, la energía nuclear podría contribuir a un mayor equilibrio geopolítico al reducir la dependencia del petróleo. Estados Unidos mantiene la mayor capacidad nuclear instalada del mundo y continúa liderando la investigación en tecnologías avanzadas, además de contar con un mercado de capitales profundo y capaz de respaldar nuevas inversiones si el marco regulatorio lo favoreciera.
De cara al futuro, el avance de la inteligencia artificial incrementará de forma significativa la demanda mundial de energía, una dinámica que muchos todavía subestiman. Las estimaciones apuntan a un aumento de hasta el 80 % para 2050, mientras que las reservas de combustibles fósiles podrían resultar insuficientes a largo plazo. En este escenario, la energía nuclear destaca como una de las fuentes más abundantes y escalables. Aunque la energía solar y la eólica son teóricamente ilimitadas, su densidad energética es mucho menor: una sola central nuclear puede sustituir a millones de paneles solares o a cientos de aerogeneradores.
En definitiva, los datos indican que la energía nuclear puede responder a una demanda creciente con un uso más eficiente de los recursos y un impacto medioambiental limitado. Los principales obstáculos para su expansión parecen residir, por tanto, más en las percepciones y resistencias culturales que en las limitaciones reales de la tecnología.
