La mecánica del examen, tal y como detallan testigos presenciales y confirman las bases de la convocatoria, es arcaica pero diseñada, en teoría, para evitar filtraciones masivas de papel: los miembros del tribunal llaman a los opositores por orden alfabético —esta vez empezando por la letra V— y los distribuyen en las aulas. Una vez sentados, no hay reparto de folios mecanografiados. Las preguntas no existen físicamente para el alumno hasta que un miembro del tribunal las dicta de viva voz y las escribe en el encerado del aula. Los opositores deben elegir dos temas de entre tres propuestas. Sin embargo, el blindaje del proceso saltó por los aires apenas tres horas después de finalizar la prueba.
Sin embargo, a las 16.48 de ese mismo día, un profesor de una de las academias privadas que prepara a estos aspirantes envió un mensaje al grupo de WhatsApp en el que se encuentran sus alumnos. No era un resumen de los temas, ni un esquema realizado a mano por un estudiante con buena memoria. Era una fotografía de un folio en blanco con las tres preguntas perfectamente mecanografiadas.
El hallazgo ha desatado una tormenta entre los opositores. «¿Cómo es posible que una persona que no puso un pie en el examen tenga el documento original transcrito?», se pregunta uno de los afectados. La lógica del examen dicta que, si un alumno sale de la prueba, lo hace con sus notas manuscritas. La posibilidad de que un opositor, en el escaso margen de tiempo entre la salida del examen (alrededor de las 14) y las cuatro de la tarde, se sentara a transcribir los enunciados, les diera formato oficial y los imprimiera para luego fotografiarlos, resulta, a ojos de los expertos consultados, «altamente improbable y carente de sentido». Más aún cuando se tiene en cuenta un detalle clave: los opositores solo deben contestar a dos de las tres preguntas. «Nadie pierde tiempo de su examen en copiar íntegramente los tres enunciados de forma literal si solo va a desarrollar dos. El tiempo es oro y la tensión es máxima», señalan fuentes del sector.
La sombra de la sospecha se alarga sobre el Tribunal Calificador. Los únicos que poseían el documento mecanografiado con las tres preguntas impresas eran los examinadores. El hecho de que un preparador de academia tuviera acceso a una fotografía de ese documento original sugiere un puente de comunicación directa entre los encargados de velar por la limpieza del proceso y quienes se lucran con la formación de los aspirantes. La duda razonable que circula ahora entre los opositores es si ese documento mecanografiado ya circulaba por ciertos teléfonos móviles antes de las 9, hora a la que comenzó el ejercicio. «Si el profesor de la academia tuvo acceso al papel oficial por la tarde, ¿Quién garantiza que no lo tuvo la noche anterior?»
La filtración de exámenes en las oposiciones del Estado no es un tema baladí. Cabe recordar precedentes recientes en otros ministerios que terminaron en los tribunales o con la repetición de las pruebas. En este caso, el agravante es el formato: el Ministerio de Agricultura decidió no entregar copias físicas para evitar, precisamente, que los exámenes «volaran» fuera del aula. Paradójicamente, el papel que no existía para los alumnos acabó en el WhatsApp.
