Así que el gobierno y todos sus asociados han llevado hasta el Congreso al líder de la oposición, para allí mismo lapidarle con la Dana.
La comparecencia de Núñez Feijóo ante la comisión de investigación sobre la Dana de Valencia no solo puso de manifiesto la tensión política habitual en el Congreso, sino que también evidenció la dificultad de mantener el foco en las víctimas y las responsabilidades concretas, que son de quien son y no de quien una quiere, es decir de Sanchez entre otros, aunque muy principalmente de este ultimo.
En este contexto, la intervención de Martínez Ramírez, presidenta de la comisión, marcó un punto de inflexión en la sesión al intentar conducir el debate y evitar que se desviara hacia cuestiones ajenas al objeto de la investigación. Sin embargo, la insistencia de Feijóo en mencionar a ETA y su estrategia de confrontación con los representantes de diferentes grupos parlamentarios, especialmente con Matute de Bildu, desató un ambiente de crispación que se fue intensificando a lo largo de la comparecencia.
Resulta significativo que, pese a la intención declarada por Martínez Ramírez de no ser protagonista, su papel fue determinante para intentar mantener el orden y la relevancia del debate, aunque terminó convertida en el centro de las miradas y críticas.
De esta manera, una vez mas se demuestra que este tipo de show son totalmente prescindibles, puesto que ni conducen a nada. La sesión, lejos de aportar luz sobre la gestión de la dana, se transformó en un escenario de reproches cruzados, donde Feijóo, en lugar de asumir un papel explicativo, optó por atacar a los socios del Gobierno y centrar la atención sobre la responsabilidad de otros actores políticos. Esta actitud, lejos de favorecer la transparencia y la rendición de cuentas, contribuyó a la deslegitimación del propio proceso parlamentario.
Por otro lado, la reacción airada de portavoces como Rufián, la confrontación con Matute y los reproches a otros diputados como Sagastizabal o Ibáñez, muestran hasta qué punto la sesión se convirtió en un campo de batalla política más que en un espacio para esclarecer los hechos. El tono bronco, las acusaciones personales restaron seriedad a una comisión cuyo fin debería ser exclusivamente aclaratorio y orientado a evitar que tragedias como la de Valencia se repitan.
En definitiva, la comparecencia de Feijóo deja un sabor amargo: la sensación de que la política española sigue atrapada en el enfrentamiento permanente y la búsqueda del rédito partidista, incluso ante tragedias que exigen altura de miras y responsabilidad institucional. El Congreso, una vez más, se vio más preocupado por el espectáculo que por la verdad y la justicia para las víctimas.
