Lo que vimos ayer con la publicación oficial de las tarifas recíprocas lo deja clarísimo: ya no va a regalar acceso al mercado americano a quien no dé algo a cambio. No importa si eres China o un país europeo, la lógica es la misma: si tú me cobras un 40 %, yo te cobro algo similar. Fin del juego asimétrico.
Lo que estamos viendo es, sin duda, un intento por reconstruir capacidad industrial estratégica: desde semiconductores hasta defensa, pasando por sectores como automoción o farmacéutica. Estados Unidos no quiere volver a fabricar todo, pero sí controlar los nodos críticos de su cadena de valor. Hasta ahí, el objetivo es razonable.
Ahora bien, una cosa es la intención, y otra es cómo se ejecuta. Y ahí es donde entran los aranceles, que vuelven con más fuerza y con un alcance inédito. Trump ya no apunta solo a China, ahora dispara también contra aliados, Europa incluida. El problema es que algunas de esas medidas pueden terminar siendo más simbólicas que eficaces, o incluso contraproducentes si generan represalias o desincentivan inversión extranjera directa.
Y además, si vas a impulsar una reindustrialización seria, necesitas también infraestructura, cualificación de mano de obra, energía competitiva y visión a largo plazo, no solo barreras. Si estamos viendo una reindustrialización, su éxito va a depender menos de los aranceles y más de lo que se construya detrás de ellos.
La nueva industrialización no va de más empleo en fábricas, sino de control nacional sobre lo que es estratégico. Y eso pasa por endurecer relaciones comerciales, penalizar importaciones clave y forzar a muchas empresas extranjeras a producir dentro de EE.UU. si quieren vender allí.
Ahora bien, estamos ante una estrategia calculada o una medida populista con mala técnica? Esa es la pregunta incómoda. Porque si nos fijamos en la fórmula de cálculo de los aranceles recíprocos —que mezcla el nivel de aranceles que un país cobra con su déficit comercial respecto a EE.UU.—, el resultado es más político que técnico. Es una cuenta simplista, que no distingue entre estructura económica, composición de exportaciones o distorsiones cambiarias. Poner un 34 % a China por “simetría matemática” puede sonar justo, pero es un tiro con escopeta de feria.
El principio de reciprocidad es justo: si tú me cobras un 40 %, yo no te voy a dejar entrar al 0 %. Eso es razonable. Pero lo que no puedes hacer es basar una política comercial nacional en una fórmula tan simplista y arbitraria como la que se publicó ayer.
Combinar el nivel de aranceles del país con el déficit comercial como si fueran dos variables intercambiables no tiene ningún rigor técnico. No mide barreras no arancelarias, no tiene en cuenta subsidios, ni regula por sectores. Y lo peor: puede castigar igual a un país que exporta productos baratos con valor añadido bajo, que a uno que simplemente tiene una estructura comercial asimétrica por razones de tamaño.
China ya no solo fabrica barato: compite en tecnología, defensa y energía. Alemania y Corea protegen sus industrias. Japón automatiza sin abrir fronteras. En ese contexto, EE.UU. ha descubierto que su “hegemonía blanda” basada en finanzas ya no alcanza. El COVID, la guerra de Ucrania y la tensión con Taiwán han dejado claro que la soberanía económica vuelve a ser clave.
Ahora bien, el problema no es solo el viejo sistema: el problema también es cómo se reacciona a él. Trump ha entendido bien el diagnóstico, pero algunas de sus soluciones son de trazo grueso. Si a la desindustrialización le respondes solo con barreras y sin un plan de reindustrialización serio, lo único que haces es encarecer importaciones sin garantizar nueva capacidad productiva.
Hoy hay rivales estratégicos con tecnología propia, con planes industriales ambiciosos, y con sistemas cerrados que protegen su mercado. Y mientras tanto, EE.UU. acumulaba déficits por todos lados, perdía empleos industriales, y dependía de países como China o India para productos básicos.
Así que no es que el sistema anterior “ya no le sirva”, es que le ha dejado desnudo ante la competencia global, y ahora toca blindarse.