Durante la campaña, la cobertura mediática se centró en polémicas y enfrentamientos, relegando a un segundo plano las propuestas concretas y el debate constructivo. Esto contribuyó a una percepción de superficialidad y falta de compromiso por parte de los candidatos, generando desconfianza entre los votantes.
Por otro lado, la situación económica y social de Aragón en los meses previos a las elecciones también ha influido en el resultado. La preocupación por el desempleo, la despoblación rural y la calidad de los servicios públicos han sido cuestiones clave que, en muchos casos, no recibieron respuestas convincentes por parte de quienes aspiraban a gobernar. La distancia entre los discursos y la realidad cotidiana de los aragoneses ha sido un factor determinante en la pérdida de apoyo.
Asimismo, la falta de renovación en los liderazgos y la escasa apuesta por nuevas caras y propuestas innovadoras han reforzado la imagen de estancamiento. Los intentos de movilizar a la juventud y a los sectores más dinámicos de la sociedad resultaron insuficientes, lo que se tradujo en una baja participación y en el trasvase de votos hacia formaciones emergentes.
En última instancia, la responsabilidad de la derrota debe asumirse de manera colectiva y transversal. Es imprescindible que los partidos, sus dirigentes y militantes realicen una autocrítica profunda, aprendan de los errores y abran espacios de diálogo con la ciudadanía. Solo desde la humildad y el compromiso real con Aragón se podrá iniciar una recuperación política que devuelva la ilusión y la confianza a la sociedad aragonesa.
Frente a esta argumentación, buena o mala, pero echa desde la serenidad del observador, los grandes perdedores de la noche electoral, los socialista se militan a decir que. Azcón, fue el perdedor porque perdió dos escaños y solo consiguió «engordar» a Vox, un partido que defiende acabar con la agenda verde, destruir la protección de las víctimas de violencia de género o imponer la «censura cultural». Es decir, la ausencia de autocrítica es de tal tamaño que imposibilita la reconstrucción de una partido que en su día gobernó la región, pero que ha ido perdiendo su propia identidad en favor de los caprichos e interés de su líder que solo busca la permanencia en el poder central, aunque ello lleve aparejada la perdida de prácticamente todo el poder autonómico y este suponiendo la perdida constante de afiliados y simpatizantes que, finalmente, incluso puedan generar la derrota en una convocatoria nacional.

