Su nerviosismo se percibe no solo en la cúpula, sino que se filtra a todos los niveles de la cadena de mando que sostiene al Ejecutivo. Esta tensión se traduce en decisiones apresuradas y mensajes contradictorios, lo que contribuye a una sensación de inestabilidad generalizada.
A medida que los argumentos para justificar los episodios más variados se agotan, primero el ciudadano común, después el simpatizante y, finalmente, incluso los servidores más fieles —cuyo sustento depende, directa o indirectamente, del partido— muestran una creciente desafección. Esta distancia respecto a las directrices del partido se acentúa especialmente cuando las órdenes o sugerencias chocan frontalmente con principios éticos básicos que antes parecían irrenunciables. El desencanto se extiende como una mancha de aceite, y el respaldo incondicional se resquebraja día tras día.
Este clima de descomposición es el que predomina actualmente en muchos círculos cercanos al socialismo, donde se percibe con tristeza y estupor cómo ese mundo ideal tantas veces prometido se desmorona sin pausa. Los dirigentes, más preocupados por su propio beneficio y enriquecimiento que por el interés general, han optado a menudo por soluciones fáciles a problemas complejos. Estas decisiones no solo han provocado el empobrecimiento de empresas y personas, sino que, en algunos casos, han derivado en consecuencias mucho más graves e irreparables, como muertes que nunca debieron producirse.
Ni Sánchez ni Puente lograrán resolver el profundo rechazo social que han generado, por mucho que intenten desviar la atención con declaraciones absurdas sobre el accidente de Adamuz o minimicen la gravedad de los hechos. La desconfianza y el hartazgo de la ciudadanía se han convertido en su mayor enemigo.
Basta observar cómo es recibido el líder socialista en sus apariciones públicas: lejos de encontrar el respaldo de antaño, se enfrenta ahora a muestras de descontento y desaprobación, reflejando que atraviesa uno de los peores momentos de su carrera política. A menos que se produzca un giro inesperado o que la oposición cometa errores de tal calibre que hagan preferible «lo malo conocido» a «lo bueno por conocer», el tiempo de los actuales dirigentes parece estar llegando a su fin.
En los próximos días, se despejarán nuevas incógnitas: por ejemplo, cuál será el sentir en Aragón respecto a un gobierno socialista. La insistente apuesta y el apoyo visible de Sánchez a una de sus personas de confianza, la exministra Alegría, servirá como termómetro para medir la temperatura política y social de escenarios venideros. De momento, Sánchez ha tenido que asumir varios reveses, como el rechazo parlamentario a su decreto ómnibus por falta de apoyos, una muestra de su menguante capacidad de maniobra. Como medida desesperada, ha vuelto a recurrir a pactos de conveniencia, comprando el favor de Podemos con la polémica sobre la nacionalización de inmigrantes, y esta misma tarde ha intentado asegurar el respaldo de los vascos, aunque es evidente que se le agotan las cartas en la baraja.
Y todo apunta a que ese momento de quedarse sin opciones, lejos de ser una amenaza lejana, está cada vez más cerca. La sensación de que el ciclo de los poderosos socialistas se acerca a su fin crece entre la ciudadanía y dentro del propio partido, marcando una etapa de incertidumbre y cambios inminentes.
