Alguien podría sorprenderse y afirma que nuestro presidente no para en barras para que España ocupe el papel internacional que le corresponde.
Nada más lejos de la realidad. Este, el de este martes, es un foro de tres al cuarto que organiza Emiratos Árabes Unidos en Dubái para hablar, sobre todo, de tecnología e innovación. Es decir, Sánchez abandono sus quehaceres en España, se recorrió más de 11.000 kilómetros entre ida y vuelta, simplemente para asistir a una cumbre sin ninguna relevancia en la que era el único mandatario de la Unión Europea. Es mas, solo han viajado a Dubái, a mayores, el presidente de Estonia, Alar Karis, y la primera ministra de Letonia, Evika Silina.
Esta situación pone de manifiesto una cierta desconexión entre las prioridades reales de la política internacional que España necesita y las acciones emprendidas por el presidente del Gobierno. Resulta difícil justificar que, en un momento clave para decisiones internas como la subida de las pensiones y la moratoria antidesahucios, el máximo representante del Ejecutivo anteponga su asistencia a una cumbre de dudosa relevancia diplomática, donde la presencia de líderes europeos es marginal y el protagonismo recae en sectores ajenos a la política directa.
¿Es este el rumbo que debe tomar España en materia internacional? Parece más sensato y eficaz concentrar los esfuerzos en escenarios donde verdaderamente se deciden cuestiones estratégicas, con interlocutores de peso y acuerdos significativos. La política exterior española debe aspirar a situarse en el centro de los debates globales, no en los márgenes de foros con escasa influencia, evitando así gestos que puedan interpretarse como un desapego respecto a la agenda doméstica y los intereses de los ciudadanos. Esta situación, en definitiva, plantea serias dudas sobre las prioridades y el enfoque de nuestra acción exterior.
La política internacional de España ante situaciones como las de Venezuela, Ucrania e Irán debería fundamentarse en el respeto a los derechos humanos, la defensa del Estado de derecho y la promoción del diálogo diplomático. Es esencial que España, como miembro de la Unión Europea y actor global, apoye sanciones selectivas cuando se vulneren gravemente los derechos fundamentales, pero sin perder de vista la necesidad de fomentar soluciones negociadas y evitar el aislamiento total de los países afectados.
En el caso de Venezuela, España podría liderar esfuerzos humanitarios y apoyar iniciativas de mediación entre las partes enfrentadas, impulsando la cooperación internacional para aliviar la crisis social y política. Respecto a Ucrania, la postura debería ser firme en la condena a la violación de la soberanía nacional y el apoyo a la integridad territorial, colaborando en la ayuda a refugiados y en la reconstrucción.
Para Irán, resulta clave mantener abiertos canales diplomáticos que permitan abordar cuestiones como el programa nuclear y los derechos civiles, apostando por el multilateralismo y el diálogo constante.
Y eso sí, en todos los casos, la acción española tiene que ser coherente con los principios democráticos y el compromiso con la paz. Si lo que priman son los intereses personales como estamos viendo que sucede la importancia política exterior de España y su peso en el contexto internacional será cada vez mas exiguo.
