No se trata de una previsión ampliamente consensuada, sino de un rango que aparece de forma recurrente en análisis de estrés fiscal y de demanda estructural. Pero más allá del nivel de precios, lo relevante es que este movimiento se está produciendo en un entorno que, históricamente, no le era favorable. Durante décadas, el oro ha mantenido una correlación inversa con los tipos de interés reales: cuando los rendimientos de la deuda subían, el atractivo del metal tendía a disminuir. Sin embargo, esa relación se ha debilitado de forma evidente en los últimos trimestres, como señalan los análisis del World Gold Council en sus informes periódicos sobre demanda y comportamiento del mercado.
Estrategas de materias primas de bancos como Goldman Sachs y JP Morgan han señalado en notas recientes que el oro muestra una menor sensibilidad a los tipos reales que en ciclos anteriores, apoyado por factores estructurales que van más allá de la política monetaria.
Y es que, el avance del oro no estaría respondiendo únicamente a expectativas de recortes de tipos, sino a un conjunto más amplio de factores relacionados con el entorno macroeconómico global: elevados déficits públicos, mayor volumen de deuda soberana y una percepción más frágil de los anclajes fiscales en las economías desarrolladas.

