La guerra en Irán parece haber entrado en una fase de desescalada justo cuando empiezan a notarse sus efectos en la economía europea. Si nos fijamos en los últimos PMIs, que apuntan a una contracción de la eurozona en abril, esta región está siendo la más afectada entre las principales economías del mundo y parece que poco a poco nos estamos adentrando en el escenario «adverso» contemplado por el BCE. Aunque el Consejo de Gobierno subrayará el impacto sobre el crecimiento en esta reunión, también valorará el repunte del IPC. La inflación de la eurozona se aceleró hasta el 2,6 % en marzo, impulsada por el alza de los costes energéticos, y se espera que continúe subiendo en abril. Además, los PMI muestran que los costes de los insumos y los precios de producción registraron en abril el ritmo de crecimiento más alto desde hace más de tres años.
Sin embargo, lo que más preocupa al BCE son los efectos inflacionarios de segunda ronda, aunque hasta ahora estos parecen estar relativamente contenidos. Una encuesta reciente del propio BCE sobre el acceso a la financiación de las empresas (realizada entre el 19 de febrero y el 1 de abril) muestra que las expectativas de inflación a tres y cinco años se mantuvieron estables (las de un año subieron del 2,6 % al 3 %). Los swaps de inflación a largo plazo reflejan más de lo mismo. A ello se suma la moderación en las expectativas salariales, lo que refuerza la idea de que, aunque el BCE debe permanecer alerta, puede permitirse esperar en esta reunión. Este es el mensaje que han repetido recientemente varios miembros del Consejo, entre ellos el gobernador letón Kazaks, quien afirmó la semana pasada que el BCE «no tiene prisa» por ajustar su política monetaria.
Los inversores coinciden con esta visión: los swaps apenas descuentan un cambio de tipos esta semana. Las expectativas del mercado sobre la política monetaria del BCE han sido tremendamente volátiles desde el inicio del conflicto. En su momento más hawkish, los inversores llegaron a descontar entre tres y cuatro subidas de 25 puntos básicos antes de finales de año; ahora se han moderado a dos subidas, tras el alto el fuego y la aparente estabilización del conflicto.
No vemos razones suficientes para que el BCE suba los tipos de forma inmediata. Si bien no se ha resuelto la guerra en Irán todavía, los precios del petróleo y del gas están relativamente bajo control (este último muy lejos de los niveles de 2022), las presiones salariales se están moderando y las expectativas de inflación a largo plazo siguen ancladas. Por ello, consideramos que la opción más prudente para el BCE en esta reunión es esperar y ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Creemos que es muy posible que se produzca una subida de tipos en junio, ya que para entonces el BCE dispondrá de más información sobre la magnitud y persistencia de los efectos inflacionarios de segunda ronda.
Los inversores aprovecharán la reunión del jueves para calibrar la probabilidad real de una subida en junio. Las declaraciones de la presidenta Lagarde sobre el crecimiento y la inflación y la valoración que se haga con respecto a los efectos de segunda ronda, serán clave. El mercado estará atento a si Lagarde mantiene el tono hawkish de marzo —reafirmando la determinación del banco por contener la inflación— o si subraya la opción de esperar ante la elevada incertidumbre. Será un delicado ejercicio de funambulismo por parte del BCE, aunque creemos que prevalecerá el tono hawkish. Una economía débil y una inflación relativamente contenida desaconsejan un mensaje demasiado agresivo. No obstante, creemos que la preocupación por los efectos de segunda ronda marcarán el tono general de la reunión. Aunque no anticipamos que el BCE anuncie explícitamente un endurecimiento de tipos en los próximos meses, sí creemos que Lagarde mantendrá viva la posibilidad de una subida durante el verano.
La decisión de política monetaria del BCE se publicará este jueves a las 13:15 GMT (14:15 CET), y la rueda de prensa comenzará 30 minutos después.
