Hay, sin embargo, un detalle que no conviene pasar por alto. SpaceX jamás ha publicado sus cuentas auditadas. Es decir, la empresa que aspira a ser la más cara de la historia nunca ha enseñado sus deberes.
Por eso conviene analizar el conjunto con cierta perspectiva. SpaceX es, genuinamente, una de las compañías más importantes del mundo. Ha reducido el coste de llevar un kilogramo al espacio de 15.000 dólares en 2008 a menos de 1.000 en la actualidad, y controla más del 80% de todos los lanzamientos orbitales de Estados Unidos. Su red de satélites Starlink supera los diez millones de suscriptores en todo el mundo y es el único segmento del negocio que genera beneficios reales y sostenidos. A ello se suman contratos militares acumulados desde 2008 por más de 24.000 millones de dólares y la absorción de xAI, la compañía de inteligencia artificial de Elon Musk, en febrero de 2026.
Con todo, el problema sigue siendo el precio. A 1,75 billones de dólares, SpaceX cotizaría a aproximadamente 110 veces sus ventas anuales. Para que esa valoración tuviese alguna lógica habría que asumir que, de forma simultánea, Starship se convierte en transporte comercial masivo, los centros de datos orbitales alimentados por energía solar reemplazan a los terrestres y el turismo espacial escala hasta el punto de convertir Marte en un negocio tangible. Todo ello al mismo tiempo y en plazos razonables.
El historial de Musk invita a la cautela. Sus promesas son públicas y verificables, y los datos lo confirman. Se anunciaron cuatro fechas de llegada a Marte y ninguna se cumplió; el año pasado se preveían 25 vuelos de Starship y solo se realizaron cinco. Nada de esto invalida el proyecto, pero obliga a aplicar un descuento razonable a todo lo que aún tenga tinte de promesa.
Existe además una dimensión técnica que conviene entender, porque tendrá una influencia decisiva no solo en la cotización sino en los propios índices. En cuestión de pocas semanas, cuatro de los organismos más influyentes del mundo financiero, el Nasdaq, el S&P 500, el FTSE Russell y el CRSP, han modificado sus reglas de inclusión para permitir que empresas como SpaceX entren en sus índices de forma casi inmediata tras salir a bolsa. Algo sin precedentes.
No es una cuestión menor. Los fondos indexados, donde la gran mayoría de los ahorradores tiene su dinero, estarían obligados a comprar cualquier empresa incluida en el índice, sin análisis previo, sin negociación y al precio que sea. Los más de 500.000 millones de dólares que replican el Nasdaq a través de fondos pasivos entrarían de golpe en SpaceX con compras masivas y automáticas el mismo mes de su debut.
El problema añadido es que SpaceX planea poner en circulación entre el 5 y el 10% de sus acciones, un free float muy reducido. La combinación de demanda obligatoria y oferta escasa haría que el precio no lo fijase el mercado sino la escasez. Algo similar ocurrió en 2023 con VinFast, que salió a bolsa con apenas el 1% de free float. La cotización se disparó un 700% en pocos días, pero quien compró en el pico de 90 dólares acumula hoy una pérdida del 95% de su capital. Con las reglas actuales del Nasdaq, VinFast habría entrado en el índice el mismo día 15.
Cuando el periodo de lock-up de 180 días venza en diciembre, el Nasdaq realizará casualmente su rebalanceo trimestral. Si el porcentaje de acciones en circulación supera el 20%, el índice recalcularía al alza el peso de SpaceX y los fondos estarían obligados a volver a comprar. Eso significaría que los grandes accionistas, que controlan entre el 90 y el 95% de las acciones y que hasta ese momento no podían vender, podrían colocar sus participaciones a fondos que no tendrían capacidad de negarse.
Una estrategia prudente podría consistir en esperar al periodo posterior al vencimiento del lock-up en diciembre, cuando los efectos mecánicos se hayan disipado y el precio refleje mejor la realidad.
Empresas beneficiadas de forma colateral
Cuando SpaceX presentó su solicitud de salida a bolsa a principios de abril, varias empresas del mismo ecosistema, menos conocidas pero directamente relacionadas, se dispararon entre un 10 y un 20% en una sola sesión. El movimiento puede leerse como un indicador de sentimiento, ya que los inversores buscan exposición al evento antes de que llegue el protagonista.
Rocket Lab, el competidor más serio de SpaceX en lanzamientos medianos, subió más de un 60% durante el mes de abril y actualmente pelea en máximos históricos con la resistencia de los 94 dólares.
AST SpaceMobile, que tiene además un acuerdo directo con SpaceX para lanzar sus satélites en cohetes de la compañía, subió más de un 30% desde el 1 de abril. Ha revertido toda esa subida y se encuentra en fase de consolidación, aunque mantiene una tendencia alcista de largo plazo.
EchoStar representa quizá el proxy más cercano a SpaceX entre los valores cotizados. En 2025 vendió espectro radioeléctrico a SpaceX por 17.000 millones de dólares y recibió a cambio acciones directas de la compañía, lo que la convierte hoy en el único título cotizado con exposición accionarial real a SpaceX antes de la OPV.
Para quienes busquen una exposición directa pero diversificada, el ETF UFO agrupa varias de estas compañías con una mezcla de exposición sectorial entre industria, comunicaciones y tecnología, todas con un sesgo narrativo similar. Desde 2024 muestra una tendencia alcista clara, especialmente desde que rompió la resistencia de los 30 dólares y se mantiene por encima de la media móvil de 200 sesiones con relativa solidez.
Que SpaceX sea una empresa extraordinaria y que su salida a bolsa esté diseñada para beneficiar a sus accionistas de referencia no son realidades contradictorias sino perfectamente compatibles. Si las reglas se reescriben para una sola empresa y los índices se ven condicionados antes incluso de su debut, la pregunta relevante no es si SpaceX vale lo que se pide, sino quién pagará esa diferencia cuando llegue el momento.“
