Y los últimos datos no pueden leerse de forma aislada, porque coinciden con una lectura de productividad no agrícola que, a primera vista, parece optimista (un crecimiento del 2,9% interanual en el primer trimestre de 2026) pero que, analizada en profundidad, revela algo más inquietante. Estados Unidos está creciendo en productividad precisamente porque está creando poco empleo. La paradoja define el momento económico.
Un mercado laboral que resiste, pero con matices
Desde Payden & Rygel identificamos seis variables que consideramos determinantes para calibrar la salud real del mercado de trabajo norteamericano y, por extensión, las decisiones de la Reserva Federal en los próximos trimestres.
La primera es el ritmo de creación de nuevos puestos de trabajo. La media trimestral se situó en 68.000 en marzo, con el consenso apuntando a 75.000 para abril. Sin embargo, el umbral de equilibrio, es decir, el volumen mensual necesario para mantener estable el desempleo, se aproxima a cero en el entorno actual. La Fed no alteraría su postura ante un dato adverso aislado, y un resultado positivo tampoco cambiaría el cuadro de forma significativa. Solo una secuencia sostenida de destrucción de empleo que eleve el paro cambiaría el escenario.
La segunda variable es la tasa de desempleo, que se mantiene como baluarte de estabilidad. Esperamos que permanezca en torno al 4,3% a lo largo del año. El umbral crítico que vigilamos se sitúa en el 4,5%, nivel que históricamente ha precipitado recortes de tipos. Por debajo, la Fed tiene margen.
La tercera merece una lectura más cuidadosa. La tasa de participación laboral ha caído con fuerza desde noviembre de 2025, pasando del 62,5% al 61,9%, y podría continuar retrocediendo conforme la población envejece y los trabajadores de mayor edad se retiran. Paradójicamente, esta tendencia actúa como amortiguador, pues al reducirse la fuerza laboral activa el desempleo puede mantenerse contenido incluso si la contratación afloja.
La cuarta variable nos permite leer la salud subyacente del mercado de trabajo sin las distorsiones demográficas. El ratio de empleo sobre población de entre 25 y 54 años se mantuvo en el 80,7% en marzo, en línea con los tres últimos años, y su estabilidad refuerza la confianza en la solidez del mercado laboral pese a la moderación en la contratación.
La quinta es quizás la más reveladora desde el punto de vista estructural. La creación de empleo de los últimos dos años ha estado dominada por sanidad y educación, dos de los sectores más acíclicos de la economía. El repunte del sector manufacturero en marzo, tras la destrucción neta de empleo en 2025, es una señal alentadora que conviene confirmar.
La sexta y última variable son los salarios. La remuneración media por hora sigue siendo fundamental para las perspectivas del consumo. Aunque los datos reales solo estarán disponibles con la publicación del IPC de esta semana, la evolución de los salarios nominales sigue influyendo de manera significativa en la renta agregada de los hogares, determinada por la combinación de empleo total, horas trabajadas y salarios medios. En un contexto de crecimiento del empleo más moderado, el apoyo al consumo dependerá cada vez más de la evolución de los salarios reales. Por este motivo, la fuerte desaceleración del crecimiento del salario medio por hora real observada en marzo, del 0 % en términos interanuales, constituye un motivo de preocupación. Si se prolongara, correría el riesgo de frenar aún más el gasto de los consumidores y de acentuar los riesgos a la baja sobre el crecimiento económico.
La productividad sube porque el empleo no lo hace
Es precisamente en este contexto donde el dato de productividad adquiere su verdadero significado. Un crecimiento del 2,9% interanual no es, en sí mismo, una señal inequívoca de transformación estructural de la economía. La productividad se mide como producción por hora trabajada y, cuando el empleo crece poco pero el PIB real aguanta gracias en parte al capex tecnológico vinculado a la inteligencia artificial, que eleva el output sin apenas necesitar mano de obra adicional, lo que infla el indicador sin que la eficiencia de fondo haya cambiado sustancialmente, el resultado es un ratio mejorado que no refleja necesariamente una economía más eficiente en sentido profundo.
¿Está la inteligencia artificial transformando de verdad la capacidad productiva? Para una fracción de la población, concretamente quienes trabajan intensamente con herramientas de IA, la ganancia es real. Pero otros indicadores que capturan mejor la eficiencia económica subyacente, como la productividad total de los factores ajustada por utilización elaborada por la Fed de San Francisco, apuntan a que la productividad de largo plazo sigue siendo más una promesa que una realidad consolidada.
En el corto plazo, sin embargo, el mensaje es tranquilizador. La acumulación de infraestructura tecnológica mantiene a la economía estadounidense sobre una base sólida, incluso en un entorno de escasa creación de empleo. La cuestión de fondo, es decir, si esa promesa de productividad terminará materializándose de forma amplia y generalizada, seguirá siendo el interrogante de los próximos años, y los datos mensuales de empleo serán, mientras tanto, el mejor termómetro para tomar su temperatura.
