Pero nada de eso parece haber alterado tanto el sueño de Óscar Puente como una amenaza mucho más grave: que Felipe VI saludara a Javier Negre durante unos segundos en un acto oficial.
El ministro de Transportes ha reaccionado como si hubiera descubierto al Rey traficando con secretos de Estado. En realidad, lo que ocurrió fue algo bastante más prosaico: un apretón de manos. Pero en la España de la indignación permanente, un gesto protocolario puede transformarse en cuestión de Estado si el destinatario correcto para escandalizarse es el adecuado.
Puente sostiene que Felipe VI ha cruzado una «línea roja». Es una observación interesante, porque durante los últimos años hemos visto desaparecer unas cuantas líneas rojas en la política española sin que semejante nivel de alarma se activara. Pero un saludo a un periodista incómodo parece haber provocado una emergencia democrática de primer orden.
La tesis del ministro es fascinante. Según parece, el jefe del Estado no debe comportarse como jefe del Estado, saludando a las personas que se encuentra en actos públicos, sino actuar como un filtro ideológico ambulante. Antes de estrechar una mano, debería consultar un listado actualizado de personas aceptables, personas tolerables y personas contaminantes. Una especie de BOE moral confeccionado por los guardianes del pensamiento correcto.
Lo más entrañable del episodio es que Puente presenta sus ataques como una demostración de lealtad a la Corona. Llamar al comportamiento del Rey «ofensivo», «intolerable» y un «grave error» sería, según esta innovadora teoría política, una muestra de afecto institucional. Con amigos así, la Casa Real no necesita republicanos.
Por supuesto, debemos creer que todo esto es espontáneo. Óscar Puente, el mismo dirigente que se ha convertido en el ejecutor oficial de cada polémica del sanchismo, habría actuado por impulso, sin cálculo alguno, guiado únicamente por la fuerza de sus convicciones. Y también debemos creer que es pura coincidencia que la polémica permita hablar del Rey, de Negre y de la ultraderecha, en lugar de hablar de cuestiones bastante más incómodas para el Gobierno.
En el fondo, el problema no es la fotografía. El problema es que la imagen desmonta un viejo prejuicio: la idea de que determinadas personas deben quedar excluidas incluso de la cortesía institucional más elemental. Y eso resulta insoportable para quienes conciben la política no como un espacio de convivencia, sino como una permanente lista de buenos y malos.
Quizá Felipe VI cometió un error. El error de olvidar que en ciertos círculos ya no basta con ser neutral. Ahora también hay que demostrar pureza ideológica. Y, al parecer, eso incluye pedir permiso a Óscar Puente antes de dar la mano.
