El informe muestra una generación marcada por la incertidumbre: el 45,2% percibe el mercado laboral como precario, el 43,1% considera difícil acceder a un empleo y el 38,4% cree que existen pocas oportunidades reales de crecimiento profesional.
Esta situación explica su mayor exigencia al elegir empleo. Casi dos de cada tres jóvenes han rechazado alguna oferta en el último año, principalmente por horarios incompatibles con su vida personal, salarios insuficientes o falta de estabilidad.
La fidelidad a una empresa también ha cambiado. Más de la mitad cambiaría de trabajo por una mejor retribución, mientras que otros lo harían por mayores oportunidades de desarrollo o una estabilidad superior. Factores como un mal ambiente laboral, una comunicación deficiente o un liderazgo inadecuado también influyen en la decisión de marcharse.
El acceso al empleo sigue dependiendo en gran medida de las redes personales. Los contactos familiares o profesionales continúan siendo la principal vía para conseguir el primer trabajo, por delante de los portales de empleo o las prácticas.
Además, el 65,6% considera que su carrera avanza más lentamente de lo esperado. Aun así, sus primeras experiencias laborales les permiten adquirir competencias clave como el trabajo en equipo, la relación con clientes y la adaptación a entornos cambiantes.
Aunque muchos están dispuestos a realizar sacrificios para progresar, como renunciar a parte de su tiempo libre o aceptar menos flexibilidad, el éxito profesional ya no se mide solo por el salario. La estabilidad laboral, la conciliación y la salud mental ocupan un lugar central. De hecho, casi la mitad de los jóvenes sitúa el bienestar personal al mismo nivel de importancia que la retribución económica.
Para las empresas, el reto pasa por ofrecer entornos laborales coherentes, estables y capaces de responder a las nuevas prioridades del talento joven.
