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  Opinión  Firmas  El mundo no puede darse el lujo de equivocarse con la IA
Firmas

El mundo no puede darse el lujo de equivocarse con la IA

La inteligencia artificial promete un mundo más productivo, pero debemos gestionar los riesgos durante la transición.

Kristin Ceva, responsable de estrategia de mercados emergentes del grupo Payden & Rygel.Kristin Ceva, responsable de estrategia de mercados emergentes del grupo Payden & Rygel.—16 de octubre de 20260
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La inteligencia artificial (IA) ya está aquí y está teniendo un profundo impacto en la economía mundial.
La inversión en IA está creciendo a tal escala que probablemente superará las enormes sumas que se destinaron a la construcción de los ferrocarriles, la red eléctrica e Internet. A corto plazo, el auge de la IA supone un shock positivo de demanda que está impulsando el crecimiento, especialmente en Estados Unidos y en los países asiáticos proveedores de hardware. Sin embargo, no todos los países se están beneficiando de esta ola y, sin una adopción más generalizada, muchos podrían quedarse atrás.

Si bien el shock de demanda ya está en marcha, el verdadero potencial reside en el futuro: la perspectiva de un shock positivo de oferta que aumente considerablemente la productividad y el crecimiento mundial. Es difícil estimar su magnitud exacta, pero el impulso al crecimiento podría situarse en torno a medio punto porcentual al año durante la próxima década. Los aumentos de la productividad podrían tardar en materializarse, ya que las transformaciones tecnológicas rara vez se producen de la noche a la mañana. Para hacer realidad los beneficios de la IA, las empresas deben replantearse, reinventar y rediseñar sus líneas de productos, procesos y flujos de trabajo. Los trabajadores y los consumidores deberán encontrar la mejor manera de utilizar los nuevos modelos. Los beneficios de Internet no surgieron de la posibilidad de crear una página web. Los verdaderos beneficios provinieron de la aparición de nuevos modelos de negocio y de las mejoras progresivas que hizo posible la conectividad.

En esta ocasión, gran parte del auge se debe a las cuantiosas inversiones en infraestructuras de IA, como los centros de datos, con los hiperescaladores a la cabeza. Pese a que sus actividades principales son rentables, estas grandes empresas recurren cada vez con mayor frecuencia a los mercados de deuda para obtener financiamiento. Tan solo en los últimos dos años, su peso en la emisión de bonos con calificación de inversión se ha multiplicado por más de diez, pasando de menos del 1% al 10%, y sigue creciendo. Esto está ocurriendo en un sector muy concentrado, donde las operaciones suelen ser circulares: los hiperescaladores invierten en laboratorios que desarrollan modelos de vanguardia y estos, a su vez, adquieren capacidad de datos a esas mismas empresas.

El riesgo es que las expectativas se disparen antes de que se materialicen los aumentos de la productividad, lo que a corto plazo podría dar paso a la decepción. Según la ley de Amara, tendemos a sobreestimar el efecto de una nueva tecnología en el corto plazo y a subestimarlo en el largo plazo. A esto hay que agregar la preocupación por que los modelos, cada vez más potentes, escapen al control humano o debiliten la ciberseguridad. Si llegan a coincidir en algún momento, estos riesgos podrían poner en peligro la estabilidad macroeconómica y financiera.

¿Qué podría suceder? Si los resultados de ingresos o los beneficios de las empresas desarrolladoras de IA fueran mucho menores de lo esperado, podrían socavar las expectativas de rentabilidad futura y provocar una caída de las cotizaciones de las acciones. Los incidentes graves vinculados a los modelos de vanguardia, o los ciberataques, podrían minar la confianza y aumentar los riesgos para la estabilidad financiera. En un escenario adverso, podríamos asistir a una corrección del mercado que se propagaría por todo el ecosistema de la IA, caracterizado por un alto nivel de apalancamiento y relaciones circulares. Dado el considerable volumen de tenencias internacionales de activos vinculados a la IA, las pérdidas podrían extenderse por todo el mundo.

La disrupción en el mercado laboral también podría ser profunda. Según nuestras investigaciones, aproximadamente el 40% de los puestos de trabajo a nivel mundial están expuestos a la IA. En las economías avanzadas, esa exposición asciende a alrededor del 60%. Dentro de este grupo de empleos expuestos, algunos se verán potenciados por la IA, mientras que otros podrían ser sustituidos por esta tecnología. Aún es demasiado pronto para saber cuál será el impacto sobre el empleo; por ahora, no se aprecian efectos evidentes en el mercado laboral, pero la naturaleza del trabajo está cambiando y es probable que este proceso se acelere.
Y luego están los riesgos cibernéticos. A medida que las finanzas se digitalizan y están más interconectadas, las perturbaciones cibernéticas se están convirtiendo en una fuente cada vez más importante de riesgo sistémico. La IA agrega urgencia a este desafío al acelerar el descubrimiento y la explotación de vulnerabilidades, así como la ejecución de ataques, acortando el ciclo entre ataque y defensa hasta niveles ínfimos. Un ciberataque de gran magnitud que afectara los sistemas de pago, las operaciones financieras o el acceso a los depósitos bancarios podría provocar pérdidas inmediatas y erosionar la confianza en el sistema financiero. Si se produjera una interrupción operativa en un punto crítico del sistema, incluso fuera del sector financiero, por ejemplo, en una infraestructura crítica, podría derivar rápidamente en una crisis de confianza de mayor alcance.

Debemos estar preparados para afrontar y mitigar estos riesgos. También debemos evitar que los beneficios de la IA se concentren únicamente en una minoría privilegiada. Lo mismo vale tanto para las personas como para los países. De hecho, el aumento del crecimiento en las economías avanzadas podría ser más del doble que en los países de ingreso bajo, lo que pone de relieve las diferencias en cuanto al acceso, la preparación y la adopción de la IA.

Entonces, en la práctica, ¿qué pueden hacer las autoridades?
Los países necesitan políticas que tengan en cuenta las características particulares de la IA, pero que sean lo suficientemente flexibles como para adaptarse a su rápida evolución y a su trayectoria incierta. Tres principios fundamentales pueden servir de guía.

Primero: proteger la estabilidad macroeconómica y financiera.

Al igual que ante cualquier shock, la prioridad debe ser mantener la estabilidad.
La buena noticia es que los organismos reguladores y supervisores no tienen que partir de cero. Las herramientas existentes, entre las que se incluyen los requisitos de capital y de concentración, pueden contener la acumulación de riesgos en el sistema financiero. En términos generales, el objetivo debe ser fomentar una participación más amplia en el financiamiento del ecosistema de la IA. Los países deben reforzar sus defensas frente a los riesgos cibernéticos, por ejemplo, mediante pruebas de resiliencia de los bancos. Los organismos reguladores han intensificado la coordinación internacional en estas cuestiones, y esa labor debe proseguir.

Los bancos centrales deben mantenerse alerta, ya que el impacto de la IA en la inflación diferirá entre países. Es fundamental mantener la estabilidad de los precios, sobre todo en un momento en el que otras fuerzas están ejerciendo presiones inflacionarias.
En el ámbito fiscal, los gobiernos deben replantear sus estrategias a mediano plazo a la luz de la transición hacia la IA. La IA puede elevar el crecimiento, pero también podría reducir la renta del trabajo, aumentar la desigualdad y erosionar la base tributaria. Los países necesitarán espacio fiscal para invertir en infraestructuras y capacitación, así como para amortiguar el impacto sobre los grupos más vulnerables. Además, tendrán que adaptar los sistemas tributarios a la era de la IA. Con unos niveles de deuda ya elevados, las autoridades económicas tendrán que tomar decisiones difíciles.

Por último, los gobiernos y el sector privado deben acelerar el refuerzo de sus defensas cibernéticas. Para hacer frente a los riesgos de ciberseguridad es necesario contar con un marco de resiliencia operativa que abarque todo el sistema y se centre en la continuidad de los servicios críticos. Las prioridades de política económica deben adaptarse al grado de madurez cibernética de las distintas economías.

Segundo: fomentar la adopción y la innovación.
La fiabilidad de la infraestructura digital y la cualificación de la mano de obra serán la base del éxito en la adopción de la IA. En este terreno, las diferencias a nivel mundial son considerables. Según nuestro índice sobre preparación ante la IA, la infraestructura digital de las economías avanzadas está tres veces más desarrollada que la de los países de ingreso bajo.

Muchas economías también necesitarán ampliar su infraestructura energética para hacer posible el despliegue de la IA, lo que aumentará considerablemente la demanda de electricidad. La Agencia Internacional de la Energía prevé que, para 2030, los centros de datos absorban el 3% del consumo mundial de electricidad. Para poner esta cifra en perspectiva, la demanda de los centros de datos superará entonces el consumo eléctrico actual de Japón. En la era de la IA, los países necesitarán una estrategia a mediano plazo que garantice un aumento fiable del suministro eléctrico.
No obstante, una mejor infraestructura y una mano de obra cualificada no bastarán por sí solas para materializar todo el aumento de productividad que promete la IA. Muchas economías necesitan una base más amplia de capital de riesgo privado para financiar empresas emergentes y fomentar la innovación. En los países donde la gobernanza y la capacidad del Estado son sólidas, el capital privado podría complementarse con inversiones del sector público en investigación y desarrollo de la IA. En África subsahariana, por ejemplo, movilizar financiamiento privado para infraestructuras de IA requiere mejorar el clima empresarial, así como mecanismos de subvenciones y garantías públicas focalizadas.

Una economía dinámica impulsada por la IA debe facilitar la entrada y salida de empresas. Las empresas deben tener la capacidad de reorganizarse y reasignar recursos para que la IA se traduzca en mejoras tangibles de su actividad empresarial. Con demasiada frecuencia, se ven lastradas por distorsiones fiscales estructurales que favorecen las inversiones tradicionales y por trabas burocráticas que frenan el crecimiento y reducen la rentabilidad. Los gobiernos pueden facilitar esta transición modernizando los sistemas tributarios, reformando los regímenes de insolvencia y mejorando la seguridad jurídica.

Tercero: apoyar a los trabajadores y crear oportunidades.
La IA asumirá algunas de las tareas que hoy realizan los trabajadores. Esto no significa necesariamente que esos trabajadores vayan a perder su empleo. Quizá pasen a asumir nuevas funciones con responsabilidades diferentes que la IA puede complementar. Incluso puede que consigan un trabajo mejor en otra empresa, conforme los beneficios de una mayor productividad se extienden al conjunto de la economía.

Un estudio del FMI sobre la región de Asia y el Pacífico muestra algunas de estas dinámicas. La demanda de trabajadores en las ocupaciones más expuestas a la IA se ha reducido en torno a un 10% en la región. Al mismo tiempo, cada vez hay más demanda de trabajadores capaces de utilizar la IA para hacer más. Están surgiendo nuevas ocupaciones, como la ingeniería de prompts y el desarrollo de agentes de IA, que no existían hace unos años.
Los mercados laborales deben ser lo bastante flexibles como para que las empresas puedan contratar el talento que necesitan. Al mismo tiempo, los trabajadores desplazados por la tecnología podrían necesitar apoyo durante la transición. El desafío para las autoridades consiste en encontrar el equilibrio adecuado entre estas dos necesidades. Debemos dotar a las personas, especialmente a la juventud, de las habilidades cognitivas, creativas y técnicas que les permitan aprovechar la IA. Las redes de protección social tradicionales, como el seguro de desempleo, seguirán siendo importantes. Sin embargo, las autoridades tendrán que recurrir cada vez más a programas activos de empleo para ayudar a los trabajadores a mejorar sus competencias y adquirir otras nuevas. Los gobiernos deben calibrar sus sistemas fiscales de manera que no favorezcan ni obstaculicen en exceso la automatización.

Estos principios deben servir de guía a los países para encontrar el rumbo en la era de la IA. Por supuesto, los países no pueden ni deben afrontar esta transición en solitario. La coordinación entre gobiernos, empresas de IA y otras partes interesadas será fundamental, habida cuenta del rápido avance de los modelos de vanguardia y el grado de interconexión entre países. En el FMI, seguiremos ofreciendo asesoramiento de política económica, asistencia para el desarrollo de capacidades y, cuando sea necesario, apoyo financiero, dentro del marco de nuestro mandato macroeconómico fundamental.
El mundo está atravesando una transición tecnológica que puede obligarnos a repensar desde la protección de las infraestructuras críticas y la estabilidad financiera hasta cuestiones tan básicas como la manera en que trabajamos. Todo esto puede resultar inquietante. Debemos tomar en serio las preocupaciones de la ciudadanía respecto de la IA; es comprensible que la gente quiera saber cómo les afectará. Pero la IA también encierra la promesa de un mundo más productivo en el que los seres humanos, con la ayuda de la tecnología que hemos inventado, logren cosas que nunca hubiéramos creído posibles.

Afrontemos juntos este desafío y aprendamos a medida que avanzamos.

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