El banco emisor avanza ya que el encarecimiento de la energía se acabará trasladando a productos de consumo habitual como el pan, la pasta, la leche o la carne, aunque sus efectos todavía no se vean del todo en los supermercados.
Cuatro economistas de la institución advierten en una publicación realizada este martes en su blog de las nuevas presiones inflacionistas que se están acumulando en la cadena alimentaria. Sus previsiones apuntan a que la inflación de los alimentos alcanzará el 3,4% en el tercer trimestre de 2027. Después de que la tasa se redujera desde el 2,6% de enero hasta el 1,1% de agosto, este indicador marca un claro giro al alza tras repuntar un 1,3% en septiembre.
Pero el BCE cree que aún es pronto para notar el incremento de precios energéticos en los alimentos. Si la inflación general de la eurozona ha pasado del 1,7% de enero al 3,8% de septiembre, los precios alimentarios continúan beneficiándose de las buenas cosechas del pasado año y del abaratamiento de determinadas materias primas. Pero el banco central cree que la cosa tiene visos de cambiar.
El BCE recuerda que la energía marca en buena medida la producción agrícola, pero también interviene en la fabricación de fertilizantes, el transporte, el envasado y la transformación de los productos por parte de la industria alimentaria. Así que las subidas del petróleo o del gas pueden tardar meses en trasladarse completamente al precio final que pagan los consumidores en el súper.
, los fertilizantes han disparado su precio desde que se produjo el bloqueo del estrecho de Ormuz. Este es, no en vano, una de las principales rutas del comercio energético mundial. Pero a diferencia de la crisis de 2022, ahora no solo interviene el encarecimiento de la energía, sino también las interrupciones del suministro.
Y el BCE apunta directamente a subidas de precios en productos clave. Entre ellos, cereales como el trigo, el maíz y la cebada. Y si estos suben, añaden, después podrían tener un efecto en cadena en los precios de productos elaborados como el pan, la pasta y otros artículos de panadería. Pero el impacto no se queda ahí, pues el aumento de los costes de los cereales tiene después un efecto directo en la alimentación del ganado. Y si eso se encarece, podría trasladarse más tarde a los precios de la leche, los productos lácteos y la carne. Y, en paralelo, un incremento del precio del gas también puede repercutir en los costes de cultivos como las patatas, las hortalizas frescas y las semillas oleaginosas.
En este contexto hay que recordar que el BCE ya había advertido de que las olas de calor podían provocar subidas de los alimentos superiores a las previstas. Y, ahora, los economistas del BCE constatan que las malas condiciones meteorológicas y las perturbaciones energéticas están comenzando a coincidir. De cara al próximo año, sus proyecciones sitúan la inflación alimentaria en el 3,4% en el tercer trimestre de 2027. Aunque la institución reconoce que persiste una elevada incertidumbre. En cualquier caso, lo que constata ya es que los alimentos son ahora mismo cerca de un 30% más caros en la eurozona que a finales de 2021.
Aunque los salarios reales han recuperado los niveles anteriores al episodio inflacionista, la capacidad de compra de alimentos por partea de los trabajadores sigue aún por debajo de la registrada antes de 2022. Esto se debe a que productos de consumo habitual, como el café, el chocolate, la leche o la carne, han acumulado incrementos especialmente elevados.
