Su presencia no aporta propuestas, explicaciones ni compromisos públicos: añade emoción, victimismo y una imagen de unidad personal concebida para reforzar la movilización del electorado progresista.
Convertir a la esposa del presidente en protagonista electoral parece perseguir un objetivo reconocible: desplazar el debate desde la gestión del Gobierno hacia la solidaridad personal con el candidato. En vez de pedir el voto por los resultados del Ejecutivo, se apela a la lealtad emocional de quienes perciben los problemas de la familia presidencial como un ataque al conjunto de la izquierda.
La operación resulta especialmente cuestionable porque transforma cualquier crítica política o escrutinio público en una prueba de adhesión. El votante deja de ser interpelado como ciudadano capaz de evaluar políticas y pasa a ser convocado como miembro de un bloque obligado a cerrar filas. Esa presión sentimental empobrece la campaña y sustituye los argumentos por una disyuntiva interesada: apoyar a Sánchez o contribuir al supuesto acoso contra su entorno.
También encierra una contradicción evidente. Si la vida familiar debe permanecer protegida de la disputa partidista, no puede exhibirse selectivamente cuando ofrece una ventaja electoral. Introducirla en los mítines convierte esa privacidad en un recurso de campaña y expone a la propia Begoña Gómez a un escrutinio mayor.
Una democracia madura exige campañas centradas en hechos, proyectos y responsabilidades. Utilizar el vínculo matrimonial como palanca de movilización puede resultar eficaz, pero revela debilidad política: cuando faltan argumentos capaces de entusiasmar, se recurre a la identificación afectiva y al miedo a que gane el adversario.
Sánchez tiene derecho a defender a su esposa y Begoña Gómez a participar en actos públicos. Lo criticable es que esa presencia se emplee para condicionar emocionalmente a los votantes y presentar la defensa de una familia como causa colectiva de todo un espacio ideológico. La izquierda merece algo más que una campaña basada en afectos, agravios y disciplina de bloque: merece respuestas políticas.
