¿Odia Sánchez a Europa? La pregunta puede sonar exagerada, pero su reiterada ausencia en encuentros de alto nivel con representantes de la Unión Europea alimenta la percepción de una enemistad creciente y de una falta de compromiso con los valores que definen el proyecto europeo.
La decisión de Sánchez de eludir la reunión con los eurodiputados, que examinarán el respeto a la dignidad humana y la salud democrática del Estado de Derecho en España, se suma a la larga lista de desplantes protagonizados por miembros de su Ejecutivo. Este comportamiento, lejos de ser un simple desacuerdo político, parece señalar una estrategia deliberada para evitar el escrutinio internacional y blindar la gestión del Gobierno frente a las críticas externas. La ausencia del presidente en estos foros no solo debilita la imagen de España, sino que también erosiona la confianza de las instituciones europeas en nuestro país.
Más preocupante aún es el contexto en el que se produce esta visita: el aumento de los casos de corrupción y las reiteradas advertencias sobre la falta de independencia judicial en España. El Parlamento Europeo no acude por protocolo, sino como respuesta a problemas persistentes que afectan directamente a la calidad democrática del Estado español. La negativa de Sánchez a participar en estos debates y a dar explicaciones, mientras otros líderes europeos abogan por la transparencia y el diálogo, refuerza la idea de que el Gobierno prefiere eludir sus responsabilidades antes que afrontar las consecuencias de sus decisiones.
La reciente propuesta de regularizar masivamente a inmigrantes, impulsada por Podemos y respaldada por el Ejecutivo, ha generado inquietud en Bruselas. El comisionado de migración de la UE, Magnus Brunner, ha advertido sobre los posibles efectos negativos que esta medida podría tener en otros Estados miembros. Estas decisiones unilaterales, tomadas sin consultar ni coordinarse con Europa, contribuyen a debilitar la cohesión del proyecto comunitario y a sembrar dudas sobre el compromiso de España con el resto de socios europeos.
Si a todo ello unimos los desplantes de la ultima semana con la no asistencia a la reunión de preparación de la cumbre organizada por Meloni y el curioso planteamiento de esta finde semana con el tema nuclear en el que España, al menos la de Sánchez se ha desmarcado de una política común de defensa y sus correspondientes gastos hacen pensar que en una tensa relación, al menos, desconocida para el gran publico y aparentemente ignorada por la clase política.
En definitiva, y eso es lo malo, la actitud de Sánchez no solo resta peso a España en la toma de decisiones europeas, como se ha visto en su exclusión de debates estratégicos sobre China y Estados Unidos, sino que también pone en entredicho la voluntad de nuestro país de formar parte activa y responsable del futuro europeo. La enemistad con Europa, real o percibida es una amenaza para la posición de España en el continente y para la confianza de los ciudadanos en sus instituciones. Si Sánchez no rectifica, corremos el riesgo de ver al Gobierno español cada vez más aislado y alejado de los valores que deberían guiarnos como nación miembro de la Unión Europea.
