Una subida de precios del 4,9% no es un simple porcentaje en una estadística oficial: es una pérdida real de bienestar para millones de familias, un lastre para las empresas y un riesgo creciente para las cuentas públicas.
Durante años se ha insistido en que la economía española crece con fuerza, crea empleo y recauda más impuestos. Sin embargo, una inflación cercana al 5% cuestiona parte de ese relato. Porque de poco sirve que aumenten los ingresos nominales si el coste de la vida crece todavía más rápido. Los ciudadanos perciben esta realidad cada vez que llenan el depósito, pagan el alquiler o hacen la compra.
El problema es especialmente grave para las rentas medias y bajas. Son quienes destinan una mayor proporción de sus ingresos a gastos esenciales y quienes tienen menos margen para absorber nuevas subidas. La inflación castiga más a quien menos tiene y amplía las desigualdades sociales.
Tampoco las empresas salen indemnes. El aumento de los costes energéticos, financieros y laborales reduce la competitividad y dificulta la planificación de inversiones. Mientras tanto, la persistencia de los precios elevados obliga a los bancos centrales a mantener una política monetaria más restrictiva, con el consiguiente encarecimiento del crédito para familias, compañías y administraciones.
Existe además un peligro añadido: la normalización de la inflación. Cuando una economía se acostumbra a tasas próximas al 5%, los salarios, los contratos, los alquileres y las expectativas empiezan a ajustarse a esa realidad. Y una vez que la inflación se instala en la economía, combatirla resulta mucho más costoso.
España ya arrastra problemas estructurales en vivienda, productividad y endeudamiento público. Una inflación elevada durante demasiado tiempo agrava todos ellos. Reduce el poder adquisitivo, dificulta el acceso a una vivienda, encarece la financiación de la deuda y erosiona la confianza de consumidores e inversores.
Por eso, la inflación del 4,9% no debe interpretarse como una simple oscilación coyuntural. Es una señal de alerta. La economía puede convivir con una inflación moderada; lo que no puede permitirse es resignarse a que la pérdida de poder adquisitivo se convierta en la nueva normalidad. Porque, cuando los precios suben más deprisa que la prosperidad, el crecimiento acaba siendo una ilusión estadística.
