El presidente insiste en presentar las elecciones como una batalla entre progreso y retroceso, pero tras ocho años en La Moncloa los ciudadanos tienen derecho a exigir algo más que consignas y advertencias.
Los datos económicos ofrecen luces y sombras que merecen un debate serio. España mantiene uno de los mayores niveles de deuda pública de Europa. Según el Banco de España, la deuda cerró 2025 en el 100,7% del PIB, muy por encima de la media de la eurozona, situada en el 87,4%.
A ello se suma la crisis de acceso a la vivienda. En los últimos años, el precio de compra y del alquiler ha crecido muy por encima de los salarios, mientras el Banco de España ha advertido repetidamente del fuerte desequilibrio entre oferta y demanda residencial. El propio organismo ha señalado que la insuficiente construcción de viviendas está detrás de buena parte del aumento de precios.
Frente a ello, la oposición no concurre a las elecciones con las manos vacías. El PP defiende una reducción de la carga fiscal sobre familias y empresas, la agilización de licencias urbanísticas, la liberación de suelo para incrementar la oferta de vivienda y una consolidación gradual de las cuentas públicas. Vox, por su parte, propone recortes del gasto administrativo, rebajas tributarias más profundas, apoyo a la energía nuclear y medidas para reducir costes regulatorios a empresas y autónomos.
Se podrá discrepar de estas recetas, pero existen y merecen ser discutidas. Lo preocupante es que el debate político quede reducido a una sucesión de amenazas sobre lo que haría el adversario. La democracia no consiste en convencer a los ciudadanos de que viene el apocalipsis si gobierna el otro, sino en explicar con datos qué problemas existen y cómo pretende resolverlos cada partido.
La economía española crece y crea empleo, pero también convive con una deuda elevada, un mercado de la vivienda tensionado y una creciente preocupación por el coste de vida. Ésas son las cuestiones que deberían protagonizar la campaña. Los votantes necesitan comparar proyectos, no escuchar una vez más que el rival es un peligro existencial para el país.
La mejor respuesta política nunca ha sido el miedo. Siempre ha sido la confrontación abierta de propuestas, cifras y resultados.
