Y si hasta ahora ha logrado ganar esos asaltos al Legislativo y casi al judicial, cada vez es mas frecuente descubrir los intentos de asalto a la Jefatura del Estado, bien hostigando y exponiendo al ridículo al monarca, bien dejándole solo en actos en los que la presencia del Gobierno es obligada.
El último viaje a la toma de posesión de un jede de Estado latinoamericano ha sido clamorosa y no menos chusca la controversia forzada e inexplicable surgida a raíz de la exposición sobre México y las declaraciones institucionales a las que se ha visto sometida la Jefatura del Estado. Personas expertas y analistas han señalado que el presidente Pedro Sánchez habría influido de manera significativa sobre la Casa Real para orientar su posicionamiento en asuntos delicados, utilizando para ello tanto la agenda internacional como la presión mediática. Dicha influencia habría sido especialmente visible durante la preparación y promoción del evento, donde fue necesario ajustar discursos y declaraciones para evitar tensiones con el gobierno mexicano y, al mismo tiempo, mantener el respeto a la autonomía de la Corona.
Esta situación pone de manifiesto la compleja interacción entre el Ejecutivo y la Corona, especialmente en contextos de alta tensión política y diplomática. Por ejemplo, en las semanas previas a la exposición, se reportaron reuniones entre asesores presidenciales y representantes de la Casa Real para consensuar el tono de los mensajes oficiales. Además, se filtraron a la prensa versiones sobre posibles desacuerdos internos, lo que aumentó la presión pública sobre ambas instituciones. Las declaraciones forzadas a las que se ha visto obligada la Jefatura del Estado reflejan hasta qué punto el equilibrio institucional puede verse alterado por intereses políticos y diplomáticos.
Otro aspecto que ha generado debate es la frecuente actitud del Gobierno de no acompañar al rey en sus viajes oficiales a América Latina. Esta decisión, que se ha repetido en distintos contextos, ha sido interpretada por diversos sectores como un gesto de distanciamiento político o como una estrategia para reforzar la autonomía de la Casa Real ante escenarios internacionales sensibles. Sin embargo, esta práctica también ha generado interrogantes sobre la coordinación entre las dos instituciones, especialmente en momentos en que la presencia conjunta podría fortalecer la imagen del Estado y mejorar la interlocución con países latinoamericanos. La ausencia de representantes gubernamentales en dichos viajes ha sido tema recurrente en los medios, donde se discuten sus posibles implicaciones diplomáticas y simbólicas.
En este entorno, la gestión de la comunicación y la toma de decisiones son aún más delicadas, pues cualquier gesto o declaración puede ser interpretado como una muestra de alineamiento o discrepancia con el Gobierno. Así, el debate sobre la autonomía de las instituciones y la necesidad de preservar su independencia cobra mayor relevancia, no solo desde una perspectiva protocolaria, sino también en cuanto a la percepción pública y la estabilidad institucional.
Este tipo de episodios no deberían de producirse puesto que la necesidad momentánea del gobierno de turno, sea del color que sea, no debe mezclarse con la representación del Estado y mucho menos perjudicar la independencia de la Corona, máximo representante y exponente de la Nación.
