Esto se debe a varios motivos: el diferencial de tipos todavía negativo, la incertidumbre política y fiscal de Japón o la debilidad estructural del país nipón, que depende en exceso de importaciones de energía y otras materias primas. Esta dinámica se ha moderado a inicios de este año, en parte afectada por las especulaciones de una intervención coordinada entre Estados Unidos y Japón sobre el yen y el giro en el panorama político.
Las perspectivas del yen frente al euro para lo que queda de año son de estabilidad. No se esperan movimientos en el depo europeo, y el mercado y los analistas descuentan dos subidas del tipo de interés de referencia japonés este año. Sin embargo, otros factores importantes se deben tener en cuenta:
Tras consolidarse en una posición fiscal relativamente favorable, la economía japonesa apunta a un tono más expansivo en 2026. El partido de la nueva P.M. Sanae Takaichi ha obtenido recientemente la mayoría cualificada en la cámara baja, facilitando así la aprobación de su agenda, donde destaca una eliminación del impuesto a los alimentos y un incremento del gasto en defensa. Este expansionismo puede fomentar la actividad y hacer más atractivos a los activos japoneses y al yen, pero, de ser muy marcado, aumentaría las dudas sobre la sostenibilidad de las finanzas públicas.
Las subidas salariales se negocian en primavera, en un proceso llamado shuntō. Tras años de crecimientos muy moderados (entre el 0% y el 2% anual), la dinámica desde 2024 ha sido de crecimientos del 5%, también esperada para 2026. Esto puede provocar una presión inflacionaria, negativa para el yen.
En un contexto de alta tensión geopolítica, el yen se beneficiaría como activo refugio. Aún así, Japón es un gran importador de la energía canalizada por el estrecho de Ormuz. Un aumento sostenido en los precios afectaría a su balance comercial, podría generar una presión inflacionaria al alza y debilitar al yen.

