Debatir los efectos de primera ronda de la actual crisis de suministro de petróleo sobre los precios es una cosa; pero el reto reside en cómo empresas y consumidores reaccionan a ese choque a través de sus expectativas de precios a futuro, los denominados efectos de segunda ronda.
Las expectativas de inflación desbocadas representan el peor escenario posible para cualquier banco central, y con razón, pues tienen la capacidad de convertir una crisis transitoria de los precios en un problema de inflación persistente. Aunque la mayoría de los bancos centrales han mantenido los tipos estables desde marzo, solo podrán seguir haciéndolo en la medida en que las expectativas de inflación permanezcan bien ancladas.
En Estados Unidos, la situación es, por el momento, favorable, ya que las expectativas de inflación apenas han variado desde el inicio del año. Japón, en cambio, podría no tener la misma suerte. Las expectativas de inflación a largo plazo basadas en el mercado han repuntado con rapidez y han superado ya el objetivo del 2% fijado por el Banco de Japón (BdJ). El propio gobernador Ueda advirtió esta semana que, si los mercados perciben que existe la posibilidad de que el BdJ no adopte las medidas oportunas para hacer frente a la subida de precios, podría reflejarse en un aumento de los tipos de interés a largo plazo e infligir una pesada carga tanto a la economía como a los mercados financieros. En otras palabras, es muy probable que suban los tipos en junio.
