Además, advirtió del preocupante giro de Europa que plantea «el rearme» como respuesta y defendió que «la paz exige valentía diplomática».
Con unos 15 minutos de retraso sobre la hora prevista, el Papa fue recibido en el Patio de Floridablanca del Congreso de los Diputados por la presidenta de la Cámara Baja, Francina Armengol, y el presidente del Senado, Pedro Rollán. En la línea de saludos esperaba también el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con quien mantuvo previamente un encuentro en la Nunciatura Apostólica. León XIV saludó después al presidente del Tribunal Constitucional, Cándido Conde-Pumpido, y a la presidenta del Supremo y del Consejo General del Poder Judicia (CGPJ), Isabel Perelló.
A continuación, el Papa accedió al Salón de Pasos Perdidos acompañado por todas las autoridades, donde se produjo el segundo saludo institucional, en este caso a los miembros de las Mesas del Congreso y del Senado, del presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, como líder de la oposición y de los portavoces de los grupos parlamentarios de las dos Cámaras. Allí la diputada Verónica Barbero, portavoz de Sumar en el Congreso, entregó al Papa una carta del Sindicato de Inquilinos y el Ponfífice regaló un rosario a los parlamentarios, como ha hecho con todas las personalidades con quienes ha mantenido encuentros en sus dos jornadas previas en Madrid.
Por su parte, la portavoz de Junts en el Congreso de los Diputados, Miriam Nogueras, pidió al Papa que dé su discurso en la Sagrada Familia íntegramente en catalán y le dijo que ella, «como Gaudí», es catalana. Y añadió que “hablar el lenguaje de la tierra que te da la bienvenida es un maravilloso acto de amor y respeto”.
Tras este momento, se hizo entrega al pontífice por parte del Senado de un manuscrito del Beato de Liébana y recibió un facsímil del manuscrito ‘Liber Horarum’ o Libro de Horas, un ejemplar iluminado del siglo XV, por parte del Congreso.
A continuación, León XIV accedió al hemiciclo junto a Armengol, que se mostró muy cercana al Papa durante toda la visita a la Cámara Baja. La presidenta del Congreso declaró abierta la sesión y León XIV fue acogido por el Hemiciclo con un aplauso inicial de dos minutos de duración.
La presidenta del Congreso de los Diputados, Francina Armengol, tomó la palabra y denunció que en el momento actual «unos pocos de los más fuertes imponen la masacre de miles de los débiles con total impunidad». Señaló Armengol que la polarización «amenaza con debilitar las democracias». Esta afirmación recibió el respaldo del Papa, que en su discurso recriminó a los políticos la «descalificación permanente del adversario» y advirtió de que la «pluralidad política no debería degenerar» en falta de respeto.
En su discurso ante el Parlamento español, Robert Prevost no perdió la oportunidad de invitar a los diputados y senadores a salir del «rencor, la indiferencia y el odio» y ceder espacio a la «reconciliación». «La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación», aseveró. «Sin confundir el orden político con el religioso», añadió en varias ocasiones el Papa, invitó a los parlamentarios a observar la «tradición cristiana» que les rodea y les pidió alzar la mirada, lema de la visita apostólica, para «no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír».
Hizo asimismo un llamamiento «sereno y firme» a las Cortes Generales en defensa de la «dignidad humana» y pidió a los políticos que se alejen de la «cultura del descarte» que representan el aborto y la eutanasia. El Pontífice planteó al auditorio una pregunta: «¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aun no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?».
A su juicio, «la defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional es una meta de civilización». «Toda vida humana deber ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras victimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona», aseveró.
El Papa volvió a reiterar su llamamiento de amparo al «bien común, en cierto modo, la forma social de la dignidad humana». Y sobre esa base del bien común señaló la familia como sostén de la sociedad.
«Allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer», afirmó sin olvidar el «lugar decisivo» de las instituciones educativas en esta tarea.
Además, defendió que «ninguna nación puede afrontar por sí sola» el desafío de la inmigración. Y criticó que «allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos».
«El trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica», aseveró el Pontífice.
Señaló igualmente la peligrosidad de las rutas que en los últimos años han convertido nuestros mares en cementerios de almas y que «han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada».
«Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación», denunció. Y reclamó una respuesta «coordinada, solidaria y eficaz» que garantice «oportunidades reales de integración a quienes emigran».
El papa León XIV proclamó también ante los parlamentarios españoles que «la paz exige valentía diplomática» y mostró su preocupación ante el hecho de que «diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional». En su discurso ante el Parlamento español, León XIV señaló que «el mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural» que tiene su reflejo en «múltiples formas aspiración política» que hacen necesaria una respuesta ante la «violencia, polarización y desconfianza reciproca». Y apeló al lema de la Unión Europea, ‘Unidos en la diversidad’, para defender que «la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad».
El Pontífice puso en valor ante las Cortes Generales la historia de España, apeló al ‘Quijote’ para defender la libertad, la «hondura de Santa Teresa» y la trascendencia de «alcance universal» de los Reyes Católicos, y afirmó que «España puede ofrecer mucho» en el camino hacia «una convivencia pacífica y justa» en un mundo complejo. Los parlamentarios siguieron su discurso en silencio y sin interrupciones. Algunos diputados y senadores, al principio, sacaron sus móviles e hicieron alguna foto o grabaron algún vídeo pese a estar prohibido por el reglamento.
Robert Prevost fue también aclamado desde la acera de enfrente del Patio de Floridablanca y, tras despedir a la presidenta del Congreso, Francina Armengol, y al presidente del Senado, Pedro Rollán, decidió cruzar la calle para saludar a los fieles que le llamaban insistentes. Algunos de ellos, visiblemente emocionados, daban las gracias al Papa por su gesto de cercanía.
En la Cámara Baja, el último deseo de León XIV fue: «Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera».
