Pero tranquilidad: Salvador Illa ha encontrado el argumento definitivo para disipar cualquier duda sobre Pedro Sánchez. No ha hablado de gestión, de transparencia ni de rendición de cuentas. Ha certificado que es «una buena persona».
La revelación resulta conmovedora. Después de años de polarización, promesas incumplidas, cambios de criterio y una cascada de polémicas, el debate político queda reducido a una valoración casi parroquial del presidente. Ya no importa lo que hace, sino lo simpático que resulta en las distancias cortas.
Illa, que acaba de compartir unos días de descanso con Sánchez en Lanzarote, parece haberse propuesto el papel de biógrafo oficial del presidente. No solo nos informa de que es una buena persona, sino que además es más humano de lo que la gente cree. Una noticia extraordinaria, teniendo en cuenta que hasta ahora algunos podían pensar que gobernaba una inteligencia artificial o una figura mitológica.
La defensa resulta especialmente llamativa porque llega en un momento en el que las preguntas que se hacen los ciudadanos tienen poco que ver con las virtudes privadas del jefe del Ejecutivo. Lo que preocupa no es si Sánchez es amable con sus amigos o atento con sus invitados, sino si está ofreciendo explicaciones convincentes sobre los problemas que rodean a su Gobierno y a su entorno político.
Pero cuando faltan argumentos políticos sólidos, siempre queda el recurso de las cualidades personales. Es una vieja tradición: si la gestión genera dudas, se apela a los sentimientos. Si las explicaciones escasean, se habla del factor humano. Y si los hechos son incómodos, se recurre a los testimonios de amistad.
Lo cierto es que ninguna democracia elige a sus gobernantes para un concurso de bondad. A los presidentes se les juzga por sus decisiones, por los resultados de su gestión y por su responsabilidad ante los ciudadanos. La bondad podrá ser una virtud admirable, pero no sustituye a la transparencia ni exonera de rendir cuentas.
Por eso, más que saber si Pedro Sánchez es un buen hombre, quizá convendría responder a una pregunta mucho más relevante: si está siendo un buen presidente. Y esa cuestión, curiosamente, es la que Illa prefirió dejar sin contestar.
