Y lo primero que se viene a la cabeza es la imagen de unos dormitorios para policías que parecen cochiqueras, o una fotos de militares con sarna y sin poder recibir una baja medica y es que las condiciones en las que trabajan los efectivos encargados de garantizar la seguridad y gestionar una emergencia de gran magnitud es la mejor imagen que un Estado moderno puede ofrecer de si mismo.
Más allá del debate político, la situación plantea interrogantes sobre la capacidad logística del Estado para sostener durante semanas un despliegue extraordinario.
Las informaciones conocidas reflejan una elevada presión sobre policías, guardias civiles y militares movilizados en la ciudad autónoma. Cuando una emergencia se prolonga en el tiempo, la disponibilidad de alojamientos adecuados, asistencia sanitaria, descansos suficientes y servicios básicos para el personal desplegado se convierte en un elemento tan importante como el propio refuerzo operativo. Los sindicatos policiales y las asociaciones profesionales suelen insistir en que la eficacia de cualquier dispositivo depende no sólo del número de efectivos, sino también de las condiciones materiales en las que desempeñan su labor. En contextos de saturación, la falta de infraestructuras adecuadas puede afectar al bienestar de los agentes y dificultar la sostenibilidad del operativo.
La situación de Ceuta también evidencia la complejidad de gestionar fenómenos migratorios de gran escala en un territorio con limitaciones geográficas y recursos limitados. El desafío no afecta únicamente a las fuerzas de seguridad, sino también a los servicios sanitarios, sociales y administrativos de la ciudad. Al margen de la confrontación política, la principal cuestión es si los recursos humanos y materiales movilizados han sido suficientes para garantizar tanto la atención a la emergencia como unas condiciones dignas para quienes han asumido la responsabilidad de afrontarla sobre el terreno.
Y todo apunta, obviamente a que el desastre para los ceutíes va a ser mayúsculo, porque cinco mil jóvenes sueltos y sin opción ninguna de futuro puede ser la hecatombe.
Todo ello no es otra cosa que un suspenso mayúsculo en gestión, en pura gestión ministerial, cosa para la que esa panda de ministros no está ni preparada, ni se les espera. Porque a todos ellos, a los veintitantos que conforman el gabinete Sánchez lo único que les importa es conservar el sillón y su futuro profesional, por eso hacen lo que hacen y pagan a quien sea para tratar de tener un empleo cuando Sánchez decida echarles o tengan que salir del Gobierno tras unas elecciones.
