A las tensiones derivadas de los conflictos en Ucrania y Oriente Próximo se suman fenómenos climáticos extremos, como sequías y olas de calor, que están afectando a la producción agrícola en distintas regiones.
El economista jefe del BCE, Lane, ha advertido de que los efectos del cambio climático ejercerán una presión adicional sobre la inflación y que los alimentos podrían convertirse en uno de los principales motores del IPC en 2027. Aunque en julio los alimentos frescos moderaron su encarecimiento, expertos de la FAO señalan que el aumento de los costes energéticos, el encarecimiento de las materias primas y los problemas de suministro suelen trasladarse al consumidor con varios meses de retraso.
Según la FAO, los precios de las materias primas agrícolas podrían comenzar a reflejarse con más intensidad a finales de año. Productos como el trigo, el maíz o el arroz todavía se benefician de cosechas anteriores, pero los fabricantes ya afrontan mayores costes de transporte, energía y envasado.
Los analistas de Rabobank consideran que la industria alimentaria tendrá dificultades para absorber estos incrementos debido a sus estrechos márgenes, por lo que prevén nuevas subidas de precios a partir de finales de 2026 y durante 2027. No obstante, estiman que el impacto será inferior al registrado en la crisis alimentaria de 2023.
Los expertos también advierten de los efectos del cambio climático sobre los mercados agrícolas. Algunas estimaciones apuntan a que un aumento de la temperatura del océano Pacífico podría impulsar los precios mundiales de los alimentos, especialmente en productos sensibles a las condiciones meteorológicas como el café, el arroz o la soja.
El impacto sería más limitado en las economías desarrolladas, pero mucho más intenso en los países emergentes, donde los alimentos tienen un mayor peso en la cesta de consumo y cualquier encarecimiento se traslada con mayor rapidez a la inflación general.
